viernes, 7 de diciembre de 2012

Homilética


Por FECP (Fundación Educación Cristiana Pentecostal) – Iglesia Pentecostal Unida de Colombia


El presente manual consta de estas siete lecciones

- Lección 1. Introducción a la Homilética
- Lección 2. El Predicador y la Predicación
- Lección 3. La Preparación del Sermón
- Lección 4. El Tema
- Lección 5. Elección del Texto Bíblico
- Lección 6. La Introducción
- Lección 7. Elementos que Debe Manejar el Predicador


Lección 1
Introducción a la Homilética

"La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples" (Salmo 119:130).

Definición y Explicación de la Palabra Homilética

La palabra homilética, no se encuentra en algunos diccionarios de la lengua española. Es un término que se introdujo sin ser traducido, por parte de los antiguos misioneros en los seminarios establecidos por ellos mismos en la América Latina.

En el inglés, sí se encuentra este vocablo.  El diccionario Webster (sobre el cual se trabajó 20 años para producirlo), nos dice que el término viene del griego homiletikós, que significa "conversar con". Homilética es por lo tanto, dice aquel diccionario, el arte de predicar.

La palabra homilía, tiene también en su raíz etimológica, relación con la palabra homilética. El Diccionario de Etimología por Joan Corominas, nos lleva hasta el año 1584 d.C., donde se principió a utilizar en el idioma español el término griego homilía, que originalmente significa reunión o conversación familiar. El Diccionario de la Real Academia Española, define la palabra homilía, como: “Razonamiento o plática que se hace para explicar al pueblo las materias de religión”.

De modo que podríamos definir a la palabra homilética, en su forma más breve y sencilla, así: “Homilética es el arte de preparar y presentar el sermón con éxito”.

La homilética es un arte que debe ser estudiado por todo ministro sincero del evangelio, debido a que se trata de aquello que le puede ayudar a dignificar su ministerio y hermosearlo, de modo que fructifique para la honra y gloria del Divino Maestro.

Bienaventuranzas del Predicador

Antes de dar el mensaje, toma en cuenta estas preguntas vitales para tu ministerio.

a. Bienaventurado el predicador que sabe ayunar y orar.
b. Bienaventurado el predicador que estudia para predicar.
c. Bienaventurado el predicador que sabe predicar.
d. Bienaventurado el predicador que sabe variar el timbre de voz.
e. Bienaventurado el predicador que sabe cuándo terminar su sermón.
f. Bienaventurado el predicador que se predica el sermón primero a sí mismo.
g. Bienaventurado el predicador que predica sobre grandes temas.
h. Bienaventurado el predicador cuyos sermones son claramente enunciados y progresivos.
i. Bienaventurado el predicador cuyo sermón es una unidad y tiene un propósito definido.
j. Bienaventurado el predicador que raras veces utiliza el pronombre "YO".

Antes de Dar el Mensaje Tome en Cuenta Esto

a. Cuando usted anuncie un tema, cíñase a él. Si piensa hablar de la fe, no se concentre en el amor. Algunos tienen por costumbre anunciar un tema que nunca desarrollan.

b. Estudie bien lo que va a decir; sepa de antemano lo que se propone a presentar ante el público. Empezar por el Génesis y terminar con el Apocalipsis cada vez que se habla, indica claramente falta de preparación.

c. Tengan sus ideas ordenadas y bien clasificadas. Las Ideas claras hacen una buena impresión. El público tiene más nociones de lógica y de buen sentido de lo que usted se imagina.

d. Evite los chismes en el sermón. Una buena ilustración en su momento oportuno remacha las ideas; pero los cuentos entrometidos, además de echar a perder la seriedad del mensaje, convierten al predicador en un charlatán.

e. No haga uso de palabras y expresiones vulgares. Molestan al oído de las personas serias y rebajan la dignidad del mensaje y del mensajero.

f. Presente siempre el mensaje de una forma novedosa. No podemos cambiar las verdades, pero podemos decirlas de manera que resulten siempre interesantes. Recuerde que sin interés, no hay mensaje.

Preguntas Vitales Para Nuestro Ministerio

a. Cuando tomamos el púlpito para dar el mensaje, ¿lo hacemos mecánicamente o inspirados por Dios?

b. En el trabajo realizado entre semana, ¿servimos como directivos o como embajadores?

c. En la mente de la multitud, ¿somos hombres de relaciones públicas o somos hombres que están en comunión con Jesús?

d. En su oficina o lugar de estudio, ¿se convierte en un teólogo ingenioso o en un siervo de Dios, recibiendo el mensaje de Dios para ese tiempo?

e. Cuando ministramos, ¿piensa en el pecador y el pueblo de Dios o piensa más en la política eclesiástica?

Con toda seriedad y ánimo abierto, debemos considerar estos apuntes y sugerencias, que nos pueden ayudar a enriquecer nuestro ministerio. Este es el deseo de un servidor en la magna obra de nuestro Divino Salvador. Debemos predicar no sólo para informar sino para formar, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Gálatas 4:19; Efesios 4:12).


Lección 2
El Predicador y la Predicación

"Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra" (Hechos 6:4).

El Ministerio de la Palabra

Los apóstoles, hombres santos y consagrados que siguieron las pisadas del Maestro de Nazaret, en cierta oportunidad se encontraron concentrados en servir a "las mesas", ministrando las necesidades sociales y físicas de los miembros de la iglesia, y no les estaba quedando el tiempo suficiente para ejercer la gran responsabilidad de alimentarlos espiritualmente. Por tanto llegaron a un acuerdo, que sería el de usar a otros hombres con cualidades semejantes a las de ellos, para que estos (diáconos) se encargaran de ese trabajo social, a fin de que ellos (los apóstoles) pudieran continuar con su trabajo primordial, es decir el de orar y predicar. Así, ellos cumplirían con la encomienda divina de Cristo: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura" (Hechos 6:1-7; Marcos 16:15). "Y el mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas; a otros evangelistas; a otros pastores y maestros" (Efesios 4:11).

En seguida, les sugiero una aplicación práctica de este versículo en relación al predicador de hoy, según James D. Crane:

"Pero, ¿qué significa todo esto para nosotros? Nos hace ver con claridad, no sólo lo que "el ministerio de la Palabra" fue en los tiempos neotestamentarios, sino lo que debe ser hoy y siempre. Este ministerio ha de ser apostólico, profético, evangelístico y pastoral. Ha de ser apostólico en el sentido de basar su mensaje en "la fe entregada una vez para siempre a los santos" (Judas 3). Ha de ser profético en el sentido de entregar su mensaje bajo el impulso directo del Espíritu Santo y con el fin de satisfacer las necesidades espirituales de los oyentes. Ha de ser evangelístico o misionero, en su urgencia de traer a las almas perdidas a Cristo como Salvador. Ha de ser pastoral en su empeño constante y abnegado de edificar a los creyentes en Cristo como Señor".

Requisitos del Predicador

Pablo, insigne siervo de Cristo, al transcurrir los años en el desarrollo del ministerio de la palabra, llegó a una conclusión referente a las calificaciones de aquellos que serían llamados a dedicarse a este santo ministerio, y en la primera epístola a Timoteo, capítulo tres y versículos uno al catorce, enumera los requisitos de los predicadores, a los cuales haremos alusión en una forma indirecta, trayendo atención sobre algunos puntos prácticos.

Su vida debe ser sin reproche. Es menester que el predicador tenga un buen testimonio entre los hombres y una conciencia limpia ante Dios. Si su vida tiene manchas o él no anda rectamente delante del mundo, él no tiene buena influencia, y su predicación aunque sea elocuente, no tendrá valor para conmover a las almas.

Si su conciencia no es pura, su predicación no será ungida de Dios y sus palabras serán "como metal que resuena y címbalo que retiñe".

Un hombre no puede guiar al rebaño a cosas más profundas de las que él mismo haya experimentado, ni alzarlo a alturas más altas que él no haya subido.

La conducta moral del predicador ha de ser "irreprochable". Esta es una expresión muy fuerte. No significa solamente que no debe haber acusación en su contra, sino que debe ser imposible formularle una acusación que pudiera resistir la investigación. Su conducta debe ser tal que no deje al adversario ninguna base posible para vituperar su vocación. Tan así ha de ser, aún entre los extraños: "es necesario que goce de buen nombre". El predicador ha de ser un "modelo a los que creen, en palabra, en comportamiento, en amor, en fe y en pureza" (1. Timoteo 4:12). Es cierto que todo hijo de Dios tiene la misma obligación de andar como es digno de la vocación con que ha sido llamado (Efesios 4:1) pero la posición prominente del predicador aumenta grandemente su responsabilidad a este respecto.

Debe Tener Interés en la Humanidad. Es una cosa que el predicador siente una carga por su sermón, y otra que sienta carga por la gente a quien le va a predicar. Es muy natural que un hombre, sabiendo que le toca predicar, busque de Dios un mensaje, porque no quiere fracasar. Pero si su mayor interés es solamente el de ser un buen predicador y predicar un buen sermón, él es "corto de vista". El sermón no puede tener mucho valor, sino tiene un propósito que valga. El predicador que puede conmover la humanidad es el que ama la humanidad, y siente que su alma es angustiada por el estado espiritual de ella.

El predicador que se mezcla con la gente, llega a conocer sus sufrimientos, triunfos, flaquezas, gozos y tristezas. Su corazón se derrite de compasión por ellos. En el púlpito él es una fuente derramándose con palabras de consolación, exhortación y edificación. Su sermón es poderoso porque está encendido en el fuego de su propia alma.

El contacto con la gente ayuda al predicador mismo. Le hace humano, jovial, amigable, con un calor en su personalidad - cualidades que son provechosas para su ministerio.

El que gasta toda la semana encerrado en su oficina, estudiando, puede tener mensajes profundos, pero no ministra a la humanidad porque no le conoce. El estudio y la oración son muy necesarios, pero no deben impedir el contacto con la gente.

Debe Ser Profundo en la Palabra. "Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado como obrero que no tiene de que avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad".  (2. Timoteo 2:15).

El Predicador Debe ser Diligente en el Estudio de la Biblia (2. Timoteo 2:15 y 3:15; Juan 5:39).

El hermano M. J. Gaxiola nos aconseja en uno de sus escritos a leer más. Él dice:

"SOMOS GENTE DEL LIBRO, gente de la Biblia. De allí procede nuestra predicación y se requiere que la conozcamos antes de que podamos compartirla con otros".

El ministro debe entonces leer constantemente la Biblia a fin de que cada vez esté más familiarizado con los personajes, eventos, lugares de ideas de que trata. Mientras más lea su Biblia, más se empapará del contenido y del espíritu del libro de Dios, y más sentirá la acción del Espíritu Santo que le conduce al conocimiento de la verdad y el deseo de llevar esa verdad a otros.

El Ministro Debe También Leer Todo lo que le Permita Saber Más Acerca de la Biblia, su historia y su desarrollo, las características de los idiomas originales y todo aquello que le permita tener una idea más precisa del contenido general de la Palabra de Dios.

APRENDER a leer, significa que adquirimos un excelente hábito que necesariamente produce en nosotros una mente más despierta y adquiere forzosamente una mayor sensibilidad espiritual e intelectual.

La Primacía de la Oración. La oración en la vida, en el estudio y en el púlpito del predicador, ha de ser una fuerza conspicua y que a todo trascienda. No debe tener un lugar secundario, ni ser una simple cobertura. A él le es dado pasar el tiempo orando a Dios. Para que el predicador se ejercite en esta oración sacrificial, es necesario que no pierda de vista a su Maestro, quien "levantándose muy de mañana, aun muy de noche, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba". El cuarto de estudio del predicador ha de ser un altar, un Bethel, donde le sea revelada la visión de la escala hacia el cielo, significando que sus pensamientos antes de llegar a los hombres han de subir hasta Dios, para que todo el sermón esté impregnando de la atmósfera celestial, de la solemnidad que le ha impartido la presencia de Dios en el estudio.

El predicador debe, por la oración, poner a Dios en el sermón. El predicador, por medio de la oración acerca a Dios al pueblo, antes de que sus palabras hayan movido al pueblo hacia Dios. El predicador ha de tener audiencia con Dios antes de tener acceso al pueblo. Cuando el predicador tiene abierto el camino hacia Dios, con toda seguridad lo tiene abierto hacia el pueblo.

Los predicadores son seres humanos y están expuestos a ser arrebatados por las corrientes del mundo. La oración es un trabajo espiritual y por eso la naturaleza humana caída rehúye al trabajo espiritual y exigente. La naturaleza humana gusta de bogar hacia el cielo con un viento favorable y un mar tranquilo. La oración lo hace a uno sumiso. Abate el intelecto y el orgullo, crucifica la vanagloria y señala nuestra insolvencia espiritual. Todo esto es difícil de sobrellevar para la carne y la sangre.

El valor que le damos a la oración, está evidenciado por el tiempo que le dedicamos. A veces el predicador sólo le concede los momentos que le han sobrado.

El predicador tiene la comisión de orar tanto como predica. Su labor es incompleta si descuida alguno de estos dos aspectos. Aunque el predicador hable con toda elocuencia ante los hombres, si no ora con fe para que el cielo venga en su ayuda, su predicación será como "metal que resuena y címbalo que retiñe" (1. Corintios 13:1).

La Primacía de la Predicación. J.D. Crane tiene una sobresaliente exposición sobre el tema de la predicación, en la cual nos dice así:

“Corría el año sesenta y seis. Desde la húmeda celda romana en que aguardaba su proceso final, el anciano Pablo escribía a Timoteo, su hijo en la fe. Era su última carta, y en ella vertía el alma en palabras de consejo, de estímulo, de exhortación y de advertencia. Ya para terminar, reunió todo lo dicho en un gran encargo final:

"Requiero yo pues delante de Dios, y del Señor Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina; antes, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído, y se volverán a las fábulas. Pero tú vela en todo, soporta a las aflicciones, haz la obra de evangelista, cumple tu ministerio. Porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano". (2. Timoteo 4:1-6).

¡El deber principal de Timoteo era el de predicar! Los motivos más solemnes lo impulsaban a ello. Pablo pronto moriría. Callada la voz de aquel que "desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico" había "llenado todo del evangelio de Cristo" (Romanos 15:19), era menester que otra voz anunciara las buena nuevas.

Además, la oportunidad pasaba. Se divisaban los tiempos en que los hombres no prestarían atención al mensaje de vida, sino que buscarían a maestros que halagaran sus oídos con palabras melifluas de una falsa paz. Por tanto había que aprovechar la oportunidad presente.

Otro motivo era el hecho de estar actuando constantemente "delante de Dios". El ojo divino lo vigilaba tomando nota de su labor. Por último, la perspectiva del juicio final en el que el Señor Jesús, "el Príncipe de los Pastores", premiará con "corona incorruptible de gloria" (1. Pedro 5:4) a los que hayan desempeñado su comisión con fidelidad, le animaba a ser constante y cumplido en su ministerio de la predicación.

Las palabras dirigidas a Timoteo tienen una aplicación perenne para la iglesia del Señor. Su tarea principal es la predicación. Cuando Cristo subió al monte y llamó así a los que quiso, estableció a los doce como cuerpo apostólico, y su propósito fue "para que estuviesen con él, para enviarlos a predicar, que tuviesen potestad de sanar enfermedades y de echar fuera demonios" (Marcos 3:14. 15). La comunión con Cristo sería su preparación; los milagros de sanidad serían credenciales para su mensaje en el tiempo transitorio de la cimentación de la causa cristiana en un mundo hostil y la obra central había de ser la de predicar. Cuando los doce fueron enviados de dos en dos a recorrer la provincia de Galilea, sus instrucciones fueron: "Y yendo, predicad". Cuando los apóstoles pidieron una señal de la futura venida del Señor y del fin del mundo, se les indicó que sería "predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin" (Mateo 24:14). Y cuando el Maestro quiso reducir a la forma más breve posible su gran comisión, la expresó en estas palabras: "Id por todo el  mundo, y predicad el evangelio a toda criatura" (Marcos 16:15).

La primacía de la predicación fue bien entendida por la iglesia primitiva. Cuando Felipe descendió a la ciudad de Samaria, "les predicaba" (Hechos 8:5). Cuando Pedro se presentó ante el centurión romano en Cesarea, le dijo que el Señor "nos mandó que predicásemos" (Hechos 10:42). Cuando los filósofos atenienses quisieron describir a Pablo, dijeron: "Parece que es predicador..." (Hechos 17:18). Y tuvieron mucha razón porque el mismo apóstol consideraba que la predicación era su tarea principal, como vemos en su declaración a la iglesia de Corinto, cuando dijo: "Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio"  (1. Corintios 1:17). Tan así era, que Pablo conceptuaba como una imposibilidad el que las gentes creyesen "sin haber quien les predique" (Romanos 10:14). "Así predicamos", dijo, "y así habéis creído" (1. Corintios 15:11).

Definición de la Predicación

Un ministro apostólico describe lo que es predicar, diciendo:

"Predicar es dar a conocer la voluntad de Dios según se revela en las Escrituras y hacerlo con unción del Espíritu Santo, con sabiduría, destreza, amor, belleza, disciplina, atractivo y perseverancia, de modo que la predicación sea entendida y aceptada como Palabra de Dios, al grado que inspire a quienes la escuchan a creerla, obedecerla, vivirla y propagarla".

Al mismo tiempo este ministro nos dice lo que NO es predicar.

"Predicar NO es regañar, NI confundir, engañar, enredar, perder el tiempo, presumir, excitar, incitar, recitar, meterse en aprietos, salir de aprietos, asustar, amenazar, vengarse, aprovecharse, etc."

El hermano Maclovio Gaxiola L. Define la predicación de una forma muy interesante y dice:

"La predicación del evangelio es el hacha puesta a la raíz de los árboles. Los derriba con violencia, los arranca de su puesto y los prepara para que llevados al aserradero pasen por el molino y después por el banco del ebanista, llegando a convertirse en mueble o en utensilio para estar en la sala o en la recámara, dando servicio al hombre. La predicación del evangelio derriba a los hombres de su pedestal, les arranca de la ignorancia, del orgullo, de la vanidad y los lleva poco a poco al arrepentimiento, en donde una vez convertidos, pueden irse moldeando hasta llegar a estar en la casa de Dios, adornando en todo la doctrina de nuestro Salvador Dios".

La Predicación Definida Etimológicamente

La idea fundamental de la comunicación verbal se revela claramente al examinar los diferentes verbos griegos que han sido traducidos en la versión Reina-Valera por la voz predicar. Dos veces (Marcos 2:2; Hechos 14:25) está representada por la traducción de laleo, verbo que significa simple y llanamente hablar, como puede verificarse por una referencia a otros pasajes en que la misma palabra griega es empleada. (Hechos 11:19; 13:42; 16:6).

Siete veces (Hechos 5:42; 17:18; 1. Corintios 15:1,2; 2. Corintios 11:7; Gálatas 1:16; Apocalipsis 14:6), la palabra predicar es la traducción de euaggelizo, vocablo que significa traer buenas noticias, anunciar alegres nuevas o proclamar las buenas nuevas. El mismo verbo aparece en otros cuarenta pasajes donde es traducido generalmente como anunciar.

El otro verbo griego traducido como predicar es kerusso, que significa proclamar públicamente como un heraldo, siempre con la sugestión de "formalidad, gravedad y de una autoridad que demanda atención y obediencia" (Joseph Henry Thayer, A Greek - English Lexicon of the New Testament, pag. 346). Setenta y un veces este verbo aparece como publicar, dos veces como pregonar y una vez como divulgar.

Lo dicho hasta aquí basta para comprobar que la comunicación verbal de la verdad divina, es el método divinamente ordenado para la aplicación del evangelio. Pero es necesario hacer constar que dentro de este método existe una saludable variedad.  Aparte de los términos ya mencionados, existen otras varias expresiones en el Nuevo Testamento que describen los discursos cristianos. Solo en el libro de los Hechos, se encuentran veinticuatro de ellas, tales como exhortar, testificar, disputar, afirmar, persuadir, amonestar, profetizar, disertar, enseñar, alegrar, y otras más.

Tentaciones del Predicador

Como palabra de consejo, advertencia y exhortación, un ministro apostólico escribió sobre estos peligros, que citaremos:

La Ambición de poder y Alabanza. Un ministro puede sentir el atractivo del poder en sus relaciones comunes con su congregación. Hay algunos cuyo deseo de dominar, se muestra abiertamente en sus intentos por convertirse en dictadores de sus propias iglesias. Para esto, el Apóstol Pedro nos advierte: "Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplo de la grey" (1. Pedro 5:2,3). El amor al poder se vincula con la búsqueda de alabanza propia. No podemos negar que hay alabanza sincera la cual es muy correcta, justa y merecida. Pero cuando la alabanza se convierte en adulación, el peligro reside en que un predicador se convierta en adicto a la alabanza hasta que esta llega a convertirse en una necesidad, y entonces lucha por obtenerla a cualquier precio. Esto puede ser semejante a un adicto al alcohol, que alguna vez tuvo un paladar delicado, capaz de discriminar ente vinos escogidos, pero al hundirse en el vicio, ahora su deseo principal es embriagarse, y no puede ser exigente en cuanto a la calidad del brebaje que produce el efecto. El deseo de alabanza puede arruinar a un predicador, hasta el punto de hacerlo incapaz de distinguir entre la adulación y los cumplidos huecos por una parte, y la sincera gratitud y la aprobación por una tarea bien cumplida, por la otra.

La Auto-Exhibición. La personalidad del predicador, puede ser dañada cuando se cae en la tentación del exhibicionismo, cuando se ama y se busca la espectacularidad, cuando se inclina al dramatismo, o cuando él mismo se coloca en el centro, olvidando que el centro de la predicación es Cristo. Los oyentes deben ser guiados a Cristo en el momento de la presentación de la predicación. Los oyentes deben hallar un camino preparado para el encuentro personal con Cristo. De otra manera, los creyentes se sentirán frente a un actor y no frente a un predicador.

Conclusión. Podríamos haber escrito mucho más sobre este tema, pero también queremos recalcar que nuestro interés no es solo informativo, sino queremos que primordialmente sea FORMATIVO, y para ello no se requiere de un volumen grande de  muchas ideas y técnicas, sino realmente algunos puntos prácticos que puestos en acción, producirán predicadores eficaces, espirituales y conscientes de la necesidad del pueblo de Dios y del mundo irredento. Por lo tanto invitamos al estudiante, a que su aprendizaje sobre este tema no termine aquí, sino que ésto sólo sea un génesis.


Lección 3
La Preparación del Sermón

"Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de que avergonzarse, qué USA bien la palabra de verdad" (2. Timoteo 2:15).

Introducción

Cumpliendo con lo que dijo Pablo, el gran predicador, en el versículo que hemos tomado como base, donde nos aconseja a usar (dividir, trazar, manejar) bien la palabra de verdad", hemos copilado este material que creemos nos dará una idea general y práctica de cómo preparar un sermón. Presentamos enseguida, una síntesis de las formas más comunes para preparar y arreglar el sermón, para después (en las próximas lecciones) presentar cada división de una forma más detallada, a fin de alcanzar una mejor comprensión y profundización sobre lo ya referido.

El Texto, El Tema, La Introducción, El Cuerpo del Sermón, Las Ilustraciones y La Aplicación

El texto. El tomar un texto bíblico para predicar, despierta el interés de la congregación y llama la atención del pueblo. Gana la confianza de éstos, porque el predicador va a proclamar la Palabra de Dios y no sus propias opiniones. A la vez da al predicador autoridad y valor en proclamar su mensaje. Le ayudará al mismo tiempo a guardar su mente de vagar.

Pero ¿cómo escoger el texto para el mensaje?

Primero, por la dirección del Espíritu Santo. Al hombre que vive continuamente bajo la influencia y el poder del Espíritu Santo, raras veces le será difícil hallar de qué predicar.

Segundo, por la lectura constante de la Palabra de Dios. La Biblia es la mina del predicador. Cuando algún pensamiento o ilustración le impresione, debe anotarlo en una libreta. A veces, al leer las Escrituras, cierto texto le llamará la atención y aun un bosquejo se le puede presentar.  Hay que apuntar tales pensamientos, pues algún día le servirán.

Tercero, las necesidades del pueblo le ayudarán al predicador a escoger su texto para el mensaje. Hay que estudiar las necesidades físicas, morales y espirituales del pueblo.

Por último, la lectura de buenos libros. Si los leemos no para copiarlos, sino para recibir inspiración, serán una ayuda grande. El estudio de las biografías de grandes predicadores, misioneros y reformadores, es una grande inspiración para el predicador.

El predicador debe evitar escoger textos o temas que no pueda desarrollar. Asimismo, debe evitar controversias.

Tampoco se debe usar como texto una parte de un pasaje que exprese parte de la verdad. Por ejemplo: "No hay Dios". El texto completo es: "Dijo el necio en su corazón: No hay Dios" (Salmo 14:1).

Para la interpretación del texto que hayamos escogido, hay que saber exactamente la enseñanza bíblica general sobre el tema tratado en el texto. Por el estudio del contexto, se puede entender mejor lo que quiere decir el texto. Al escoger un versículo sin considerar el contexto, se expone uno a muchas equivocaciones. También es muy importante en la interpretación de cualquier porción de la Biblia, compararla con los pasajes paralelos, si los hay, o los que tratan del mismo asunto. Después de haber hecho todo esto con diligencia y oración, entonces se pueden buscar otras ayudas en libros o comentarios.

[Para más información sobre el texto bíblico, vaya a la Lección 5. Elección del Texto Bíblico]

El Tema. Proposición o texto que se toma por argumento o asunto de un discurso. Viene del latín Thema, y también del griego Tema, que significa proposición fundamental.

[Para más información sobre el tema de la predicación, vaya a la Lección 4. El Tema]

El Título. Inscripción que se pone al frente de un libro o de un capítulo, para dar a conocer el asunto de que trata (Diccionario El Pequeño Larousse Ilustrado).

El Tema y El Título. Para presentar un buen sermón, es necesario tener primero un buen tema sobre algún asunto definido, específico, concreto y determinado.

Antes de proceder a elaborar un sermón, es menester hacerse primero la pregunta: ¿De qué voy a hablar?  La respuesta a esta pregunta dará el tema. Tómese, por lo tanto, como regla general, hacerse la pregunta: ¿De qué voy a hablar? Un buen tema es augurio de un buen sermón, dado que el sermón ha de contener el desarrollo del asunto expresado en el tema.

La Introducción. Cada sermón necesita tener su introducción para despertar el interés del auditorio y para presentar lo que sigue. La introducción no debe prometer demasiado, por lo cual es bueno desarrollarla después de preparar el mensaje. No debe ser muy recia ni demasiado extensa. Es mejor  comenzar en un tono ordinario y tratar el sermón gradualmente.

[Para más información sobre la introducción, vaya a la Lección 6. La Introducción]

El Cuerpo del Sermón

El desarrollo ha sido llamado el plan o argumento del sermón. Se pueden hacer tantas divisiones como sean necesarias, para ayudar a presentar el tema claro, definido y completo. Sin embargo, no deben ser demasiado marcadas.

La Primera División del Sermón: ¿Qué Es?

La primera división debe tratar de aclarar el tema. Al contestar a la pregunta ¿Qué es?, se alcanza su finalidad.

Puede lograrse al dar la definición del tema y sus términos auxiliares. Por ejemplo, si el tema del sermón es "la santificación", la primera parte puede dar la definición de la palabra, puede presentar otros términos que quieren decir la misma cosa, y se pueden exponer errores que se presentan en el entendimiento de este asunto, etc.

También se puede contestar a la pregunta ¿Qué es? al explicar el tema, de allí la necesidad de entender perfectamente el asunto del mensaje.

Hay ocasiones en las que la contestación a la pregunta: ¿Qué es?, se puede hallar más claramente por medio de comparaciones o contrastes. Jesús usó este método muchas veces, comparando al Reino de los Cielos con alguna cosa bien conocida. Por ejemplo, dijo: "El reino de los cielos es semejante a un mercader que busca  buenas perlas" (Mateo 13:45).

La Segunda División del Sermón: ¿Por Qué?

La segunda división del sermón debe contestar a la pregunta ¿Por qué?

Esta debe exponer la necesidad o la razón por la que uno debe creer y aceptar la verdad expresada en el tema del sermón. En esta parte del mensaje vienen los argumentos. Hay que convencer a los oyentes de la verdad. Para hacerlo, el predicador debe tomar en cuenta el alcance de los conocimientos del auditorio, comenzando por un hecho ya conocido por ellos y procediendo así hacia lo desconocido. Jesús, para enseñar las grandes y profundas verdades celestiales, hablaba a la gente de las flores del campo, de la siega, de las aves, del trigo y de las mujeres moliendo. Sigamos su ejemplo:

La Tercera División del Sermón: ¿Cómo?

La tercera gran división del sermón tiene por propósito presentar la manera por la cual el tema tratado puede efectuarse, o en otras palabras, contestar a la pregunta: ¿Cómo?

Por ejemplo, si el tema ha sido la regeneración, la primera división explicará lo que es; la segunda el por qué es necesaria; y la tercera división explicará cómo puede ser efectuada, lo cual debe incluir la agencia divina (la parte que Dios hace) y la agencia humana (o sea, la parte que toca al hombre).

Las Ilustraciones. Todo sermón debe tener sus ilustraciones. La ilustración es al sermón lo que la ventana es a la casa. La casa no debe ser toda ventana, ni el sermón, todo ilustración.

¿Dónde encontramos las ilustraciones adecuadas?

Primero, en la Biblia. Las historias, las parábolas y las experiencias de las personas que hallamos en ella, pueden usarse como ilustraciones muy ciertas y efectivas.

Segundo, en todo lo que nos rodea. Hay que llevar los ojos y oídos abiertos a todo lo que se hace y se dice a nuestro alrededor. Jesús en sus sermones habló de los lirios, la luz, la sal, las abejas, el trigo, etc.

Tercero, en la historia y la biografía de las personas.

La Aplicación. La parte más delicada del mensaje es la aplicación. ¡Cuántos buenos sermones han quedado en el aire por falta de que los oyentes los apliquen sobre sus vidas! Muchas veces es mejor que el mismo predicador haga su propia aplicación e invitación, en lugar de dejar este trabajo importantísimo al que está dirigiendo el culto. No es suficiente que los hombres se convenzan de la verdad, sino es menester que se conviertan. Los hombres por lo general no dejan el pecado simplemente porque entienden que lo deben dejar, sino porque sienten la culpabilidad por haberlo cometido, y por lo tanto hay que tratar de llevarlos a esta convicción.


Lección 4
El Tema


Necesidad del Tema. Para tener un buen sermón, es necesario tener primero un buen tema sobre algún asunto definido, específico, concreto y determinado. Antes de proceder a elaborar un sermón, es menester hacerse primero la pregunta: ¿De qué voy a hablar? La respuesta a esta pregunta dará el tema. Tómese por lo tanto, como regla general, hacerse siempre la pregunta: ¿De qué voy a hablar?

Definición del Tema. El tema es la expresión exacta del asunto, o sea la respuesta a la pregunta: ¿De qué voy a hablar?

El tema no sólo ha de abarcar o incluir lo que se va a decir, sino que ha de excluir todo lo que no tenga que ver con el asunto.

El tema es el mismo texto bíblico, pero dicho ya con nuestras propias palabras. El tema es la raíz del texto. Después de todas la ideas expuestas, podemos concluir que el tema es el asunto que nos proponemos a desarrollar en un sermón, o sea el contenido del sermón, dicho en una frase enérgica y sugestiva.

Escogiendo el Tema. Para escoger un tema para nuestro sermón, debemos tomar en cuenta estas consideraciones.

Escoger un tema que uno conozca bien.
Nunca debe buscar algo que sea superficial y de poco interés.
Debe buscarse un tema que tenga como fin traer bendición para nuestro auditorio.
Debe ser un tema condensado a cierto fin y no demasiado general.
No se debe considerar solamente lo que se va a decir, sino también lo que no se va a decir.

El predicador debe ser un hombre observador, y en su trato con las personas convertidas y las no convertidas, debe hallar temas que sean provechosos para su auditorio.

No vaya a confundir lo anterior con la mala costumbre de decir desde el púlpito lo que se observa en los hogares que el predicador en su trabajo diario ha visitado, pues el predicador que esto hace, pronto se dará cuenta de que se le ha perdido la confianza y nadie le platica de asuntos íntimos, por razón a que tienen miedo de que los vaya a decir desde el púlpito.

Observe a su congregación y dese cuenta si hay inquietud en ellos por algunas de esas pruebas que suelen venir como olas de Satanás para destruir la Iglesia de Cristo, y pídale a Dios con mucha oración, un tema que levante el ánimo de la congregación.


Lección 5
Elección del Texto Bíblico


Significado de la Palabra "Texto". La palabra texto, viene del latín textus, que significa tejer. Pero la palabra tiene diferentes acepciones.

Texto es el contenido de un escrito cualquiera. De ahí que cuando nos referimos a un libro, por su contenido o por el asunto que trata, lo designamos como libro de texto: Por ejemplo: libro de texto de historia, libro de texto de lógica, libro de texto de matemáticas, libro de texto de homilética, libro de texto de teología, etc.

Pero para los efectos de la homilética, el texto es lo que nos sirve de base para el sermón, o sea un versículo o un pasaje de la Biblia.

Ventajas de Tener un Texto Bíblico

El sermón consiste en explicar un texto de las Sagradas Escrituras. Si no hay texto bíblico, podrá resultar un discurso, un artículo, un ensayo, una disertación. Para que sea sermón, necesariamente ha de tener como base una porción bíblica.

El hecho de tener un texto para la predicación, representa una serie de ventajas, tanto para el predicador, como para el auditorio:

Da Autoridad. Desde el momento en que nos paramos en nuestro púlpito y anunciamos un texto como base del mensaje, ese hecho nos da autoridad delante del auditorio, ya que no nos proponemos a hablar algo como de nosotros mismos, sino que anunciamos que vamos a hablar de la Palabra de Dios, de la Biblia. "No que seamos suficientes de nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios" (2. Corintios 3:5).

Despierta el Interés. Si la elección del texto como base de nuestro sermón ha sido una elección feliz y bien hecha, se despierta el interés de la congregación, y de allí en adelante ésta estará atenta para ver como vamos a desarrollarlo y qué es lo que vamos a decir de ese texto en particular.

Ayuda a Recordar. Si el predicador se pone a deambular y no tiene un texto en particular en el cual ha de basar su sermón, será muy difícil que recuerde la idea central mientras predica, tanto para él como para el auditorio. Pero si hay un texto de base, será relativamente fácil recordar tanto el desarrollo como las ideas expuestas en el sermón.

Da Oportunidad Para Explicar la Biblia. Puesto que el sermón es la explicación de un texto bíblico, cada vez que prediquemos debemos hacer uso de una porción de la Biblia. Esto no lo logra el que no tiene rumbo fijo, porque no cuenta con un tema o asunto definido, específico o determinado, sino que habla de todo  lo que sabe, aunque quizá no lo que debe.

Impide Divagar. Si tenemos un texto bíblico, y el sermón consiste en explicar dicho texto, este hecho nos impedirá divagar, ya que nuestra tarea será concentrarnos en el texto que hemos escogido.

Da Variedad. Si hoy predico sobre un texto que he escogido en el Evangelio de Marcos, en otra ocasión tomo uno de Isaías, y después uno de Apocalipsis, y luego uno del Génesis, este hecho de tomar textos de diferentes porciones de la Escritura, dará variedad a la predicación. El sermón cada vez será distinto.

Ejemplos de Textos con Temas

Texto. En el principio... (Génesis 1:1).
Tema. Comenzar

Texto. ¿En dónde estás? (Génesis 3:9).
Tema. Orientación.

Texto. La vida es más que el alimento. (Lucas 12:23).
Tema. El Supremo Valor.

Texto. ¿Cuánto debes? (Lucas 4:10).
Tema. Deudores somos.

Texto. Si supieras..., (Juan 4:10).
Tema. Oportunidades desconocidas.

Texto. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano? (Génesis 4:9).
Tema. La Responsabilidad

Texto. Saldré como antes... (Jueces 16:20).
Tema. Jugar con el peligro.


Lección 6
La Introducción


Su Necesidad. Una pared larga y lisa de un edificio, no tiene ningún atractivo para nadie. Pero si a esa pared se le pone en la parte superior una cornisa o cualquier adorno, se ve mejor. Y si se le ponen unas ventanas artísticas y hermosas, llamará aún más la atención. Si además de eso se le pone un portalito, ya cambia totalmente su presentación. Ese mismo objeto se logra con la introducción en el sermón.

El sol por la mañana no aparece exabrupto, sino que empieza con una claridad un tanto tenue por el horizonte, claridad que va aumentando a medida que el astro rey avanza y hace su aparición sobre la tierra. Cuando se encuentra en el cenit, sus rayos son más esplendorosos, más brillantes y más hermosos. Así pasa con la introducción del sermón. Es como dice Proverbios 4:18: "Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto".

Un preludio, es la música que se toca antes del servicio o del culto, o mejor dicho, con eso se da principio al culto. Pero preludio significa que precede o sirve de entrada y principio para alguna cosa. Es la escala, el arpegio, antes de cantar o tocar la pieza principal. Esto mismo en el terreno de la predicación sería la introducción.

Todos los libros o la inmensa mayoría de ellos tienen una Introducción, a la cual también se le llama Exordio, Prefacio, etc. El sermón, por la misma razón, ha de tener su introducción.

Algunos libros de la Biblia también tienen su introducción. Por ejemplo, Lucas colocó esta introducción en su versión del evangelio.

"Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido" (Lucas 1:1-4).

Luego, en el libro de los Hechos, Lucas se refiere a su versión del evangelio como su  primer tratado, y manifiesta desde la introducción que este otro libro será su segundo tratado, por lo cual el santo evangelio Según Lucas y los Hechos de los Apóstoles son una sola obra en dos tomos.

"En el primer tratado [el cual es el evangelio de Lucas] Oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar..."  (Hechos 1:1-5).  Esta es una buena y excelente introducción que Lucas hace en el libro de los Hechos.

Sus Fuentes. Ya hemos demostrado que es una necesidad tener una introducción en todo sermón. Ya vimos también cual es el objeto de la introducción en la predicación. Veamos ahora las fuentes de donde podemos obtener introducciones:

Si hay en el texto algunos elementos que necesitan explicación, esta explicación nos puede servir de introducción. Colocaremos un ejemplo:

Texto. "No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación". (Romanos 1:16).

Tema. La Dinamita de Dios.

Introducción. En el griego original, encontramos que la palabra poder tiene la misma raíz que la palabra dinamita. Viene de la palabra dunamis.

De modo que esta explicación nos da pie para poner el tema. “La Dinamita de Dios”.  La explicación del texto nos sirvió de introducción.

También podríamos extraer una introducción desde el contexto. El contexto es lo que va con el texto, o sea lo que está tanto antes como después del texto. Por ejemplo, una introducción basada en el contexto podría ser la siguiente:

"Originalmente el Salmo  55 eran dos salmos distintos. Pero como los dos salmos expresaban lamentos por la necesidad, se unieron en uno solo. El primero lo formaban los versículos del 1 al 18, incluyendo el versículo 22. El otro salmo estaba formado por el resto de los versículos. La nota más práctica está en los versículos 13 y 14, en donde el jefe de sus enemigos, fue en un tiempo su más íntimo amigo; que siempre iban juntos al templo. Pero su amigo no sólo se convierte en su enemigo, sino que se hace jefe de un grupo de enemigos. Esto le hace observar en derredor de él mismo, y cómo no encuentra seguridad, esperanza, comprensión; y como nota que en este mundo no hay nada que le ofrezca suficientes garantías, estas las busca en las cosas divinas, en Dios mismo, y eso lo hace exclamar: "Echa sobre Jehová tu carga, y Él te sustentará".

Esta explicación que encontramos en el contexto, muy bien nos puede servir como material para la introducción.

La introducción también puede ser elegida de forma ocasional. Ocasional quiere decir en el momento, bajo las circunstancias que se nos presentan. Por ejemplo, la ocasión puede ser un culto para la dedicación de una graduación, de una iniciación de sermones o cursos, de una boda, de un día de la madre, etc., esa es la ocasión.

Ejemplos de Introducción

Texto. Hebreos 11:24-26
Tema. La elección de Moisés.
Introducción. Esta galería de los Héroes de la fe del capítulo 11 de Hebreos, es uno de  los capítulos más apreciados en el libro de Hebreos, y Moisés es uno de los héroes más destacados en esa galería. Hizo la gran elección de su vida "por fe" cuando escogió servir a Dios, en vez que a los dioses de Egipto.

Texto. Mateo 6:5-8; 7:7-11; Santiago 5:13-16
Tema. La Oración en la vida cristiana.
Introducción. Es muy apropiada la figura que se ha aplicado a la oración, a saber: que la oración es para la vida espiritual lo que es la respiración para la vida física. Así como esta vida dura poco tiempo sin la respiración, así también la vida espiritual no puede existir mucho tiempo sin la oración. La oración es vital para todo cristiano.


Lección 7
Elementos Que Debe Manejar el Predicador


El Lenguaje. Puesto que la predicación hace uso de las palabras, es necesario que ésta presente el mensaje con claridad y energía. El lenguaje es la encarnación del pensamiento. Los pensamientos del predicador pueden estar bien o mal vestidos. Cuanto más estudie el predicador las palabras que usa, mayor es la posibilidad que presente el mensaje a sus oyentes eficazmente.

El lenguaje debe ser sencillo. Se deben evitar las palabras desconocidas por los oyentes. Toda frase complicada debe ser eliminada. Nuestro salvador habló de tal manera que la multitud del pueblo le oía de buena gana. (Juan.7:46).
El lenguaje debe ser expresado gramáticalmente. El lenguaje tiene un fundamento gramatical, así que lo menos que puede hacer el predicador es estudiar las reglas que gobiernan el idioma y luego procurar cumplirlas. Los errores gramaticales solo consiguen alejar la atención de los oyentes del mensaje para fijarla en el lenguaje, y es obvio que no debe ser así. Hay excelente libros escritos para remediar cualquier deficiencia gramatical, de manera que nadie tiene excusa para permanecer en ignorancia.
El lenguaje debe ser enérgico. Esto requiere del uso de palabras que expresen adecuadamente el pensamiento que el predicador desea trasmitir. Todo predicador debe procurar constantemente agregar palabras nuevas a su vocabulario. Debe buscar primero el significado exacto de las palabras, después escribirlas varias veces y finalmente tratar de usarlas correctamente en su conversación.
El lenguaje debe ser pronunciado correctamente. Estamos de acuerdo que todo lo anterior exige gran esfuerzo, estudio concentrado y continuo, pero vale la pena. La obra del señor requiere lo mejor que podamos darle.

El Propósito de la Voz. La voz humana es el instrumento dado por Dios, por el cual su mensaje es trasmitido a través de su mensajero para lograr sus propósitos.

La voz tiene tres registros (volumen, intensidad): bajo, mediano y alto. (1) El bajo, sirve para expresar solemnidad, dolor y temor. (2) El mediano, para la conversación normal. Es el más indicado para la predicación. Y (3) El Alto, expresa gozo, triunfo, desafío y reto.

Cambie muy naturalmente de uno a otro registro, según lo exijan las circunstancias.

Ejemplos del Mal Uso de la Voz

El que no abre la boca: parece que tuviera una papa en la boca. Evite el murmullo inarticulado.
El gritón: su predicación aturde a los oyentes y se parece mas a un rugido que a un mensaje.
El arrullador: es como una especie de cauto, que eleva y desciende el tono hasta lograr el sueño de los oyentes.
El afónico o unísono: ni sube ni baja la voz. Es desafinado e inexpresivo no importa cual sea el tema, usa la misma monotonía e insípida voz. No hace breves pausas.
El que baja la voz: este predicador empieza cada frase en tono audible, pero al acercarse al final de ella, baja su voz de manera que nunca se oyen las palabras finales.
El repetidor: esta persona tiene el hábito molesto de repetir sus frases vez tras vez como si sus oyentes fueran sordos o retrasados mentales. Una plática de diez minutos puede durar 20 o 30. La frase favorita de esa persona es: “como he dicho antes y lo vuelvo a repetir’’.
El despeja su garganta: este predicador se permite un ligero, pero innecesario, despejar de la garganta al final de cada frase y a veces en medio de ella.
Toser, usar monosílabas, ejemplo, ah, e, eee).
El caminante sin rumbo: este predicador nos ofrece un sermón que es una colección de pensamientos aislados que aparentemente se le van ocurriendo a medida que habla. El auditorio no logra captar el tema del sermón.

Ante el Auditorio

Se deben mantener los ojos abiertos. Muchos encuentran dificultades en esto, debido a su extrema timidez; pero deben sobreponerse  a esto y practicar resueltamente el darle la cara a la congregación.

Esto hace ganar el respeto del auditorio. El ojo humano impone autoridad y la gente respeta al predicador que con la frente en alto mira a todo el mundo de frente.
Permite al predicador ver la reacción del auditorio ante su mensaje: una mirada turbada le indicara que no se ha expresado con claridad y entonces será oportuno usar una ilustración. Una expresión de aburrimiento le informara que es menester hacer algo para avivar el decadente interés. Puede percibir ansiedad del alma en otros y procurará acercarse a ellos más tarde para una conversación personal.
Permite al orador ver si el auditorio esta cómodo.

El Tiempo. El tiempo es de mucho valor. El tiempo perdido nunca se recupera, por lo tanto el predicador debe usarlo con el máximo provecho.

Es mejor dejar un auditorio ansiando, que dejarlo hastiado. Es excelente reglar el parar cuando el interés está en alto, en vez de seguir hasta notar aburrimiento y enojo ¡Bienaventurado el predicador que sabe cuando terminar!

El Tema. Estamos viviendo días difíciles, en los cuales el predicador se sentirá tentado a inventar o introducir algo nuevo y llamativo en sus sermones en vez de exponer la palabra de Dios. Ante esto, el orador debe estar atento.

Hoy se requiere de hombres dotados por Dios, que estén dispuestos a predicar la palabra de Dios sin temor ni contemplaciones y en el poder del Espíritu Santo. (2. Timoteo 4:2-3). Es necesario hacer a un lado la ciencia, la filosofía, el gobierno, la política, la farándula, y dedicarnos a presentar el mensaje puro del evangelio. Para ello se requiere persistencia, denuedo, fervor, paciencia, celo y fidelidad.

Los Resultados. Todo predicador debe estar pendiente de los resultados obtenidos por su labor (Eclesiastés 11:1).

Dios los ha prometido. Isaías 55:11; salmos 126.6
Solo Dios los puede dar: el predicador debe tener siempre presente que “la salvación es de Jehová” (Jonás 2:9). “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmo 127:1). La única tarea del predicador es la de proclamar el mensaje  del evangelio en el poder del Espíritu Santo. Los resultados están en las manos de Dios.
Debe de cuidarse de no crear resultados: el evangelio “profesional” con su insaciable apetito por resultados (en contraste con el “fruto” que es de Dios) ha sido responsable de una falsa “conversión” de muchos. Sólo han levantado las manos, pasado al frente o firmado una tarjeta sin ser plenamente convencidos de su pecado por el Espíritu Santo. Aquellos "predicadores" usan unos granos de evangelio seguidos por una tonelada de oratoria. (Eclesiastés 11:1; 1. Colosenses 2:19; 1. Corintios 3:5-9).
El predicador debe esperar que haya resultado: para lo cual debe desempeñar una amplia labor de seguimiento a aquellas personas que han estado escuchado el mensaje. Dios añadirá a su iglesia cada día los que han de ser salvos.

martes, 6 de noviembre de 2012

No Me Toques, Porque Aún No He Subido A Mi Padre (Juan 20:17) – Unicidad de Dios


Por Julio César Clavijo Sierra
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“Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17). 

Juan 20:17 es una porción de la Escritura que está inmersa dentro del testimonio de la resurrección del Señor Jesús, más exactamente en la aparición a María de Magdala, [1] quien contó con el honor de ser la primer testigo de la resurrección. (Ver Marcos 16:9).  

Son muchos los lectores que al llegar a dicho texto se hacen estas dos preguntas: (1) ¿Cuál es la razón por la cual Jesucristo le dijo a María Magdalena que no lo tocara?, y (2) ¿Por qué Jesús dijo que Él tenía a un Dios?

Este artículo está enfocado a responder estos interrogantes.

¿Cuál es la razón por la cual Jesucristo le dijo a María Magdalena que no lo tocara?

Cuando nosotros miramos de manera integral todo el testimonio que nos proporciona la Escritura acerca de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, tenemos que concluir que aquí Él no estaba preocupado por un simple toque de su cuerpo por parte de María Magdalena, pues después de esto Él permitió a muchos de sus seguidores que lo tocaran y abrazaran como lo veremos a continuación.

Muy temprano en la mañana del primer día de la semana (es decir el domingo) luego de la crucifixión, varias mujeres se dirigieron juntas a ungir el cuerpo de Jesús con especias aromáticas (Lucas 23:54-56, 24:1). Entre ellas estaba obviamente María Magdalena, pero también se menciona a María la madre de Jacobo, a Salomé, a Juana (Mateo 28:1, Marcos 16:1, Lucas 24:10) y a otro número no determinado (Lucas 24:10). Cuando ellas llegaron al sepulcro, vieron removida la piedra de la entrada y no hallaron el cuerpo de Jesús. Vieron además a unos ángeles que les anunciaron que Jesús había resucitado, y estos les dijeron que no temieran y que fueran a dar las nuevas a los discípulos (Mateo 28:5-8, Marcos 16:3-7, Lucas 24:2-8). Ellas salieron del sepulcro con temor y gran gozo y corrieron con el propósito de informar a los discípulos lo que habían visto (Mateo 28:8, Marcos 16:8). No obstante, al parecer María Magdalena no se fue tan rápido como las demás, quedándose por otro momento a la entrada del sepulcro. Esta parece ser la razón por la cual aunque María Magdalena había venido junto con las otras mujeres, fue la primera en ver a Cristo resucitado. Pero mientras las otras mujeres iban en su camino de regreso, y por ende no había pasado sino muy poco tiempo, Jesús se les apareció también a ellas y les permitió que lo abrazaran y adoraran (Mateo 28:8-10).

Posteriormente vemos que el propio Jesús invitó al apóstol Tomás a poner el dedo en sus manos que fueron atravesadas por los clavos, y la mano en su costado que fue traspasado por la lanza (Juan 20:27).

Con toda esta claridad en mente, podemos argumentar que el problema no estaba en que María Magdalena tocara al Señor resucitado, pues como lo hemos visto, tenemos pruebas de que muchos de los seguidores de Jesucristo lo tocaron luego de su resurrección. En Juan 20:17, el verbo “tocar” está originalmente en el tiempo presente y el modo imperativo, al parecer indicando una acción continuada, por lo tanto parece que lo que Jesús le quiso decir a María Magdalena fue “no me toques más” o simplemente “suéltame”, lo que indicaría que María ya lo estaba tocando, muy probablemente abrazando. Era apenas normal que María Magdalena llena de gozo por ver al Señor Jesús resucitado, lo adorara y lo abrazara tal y como lo hicieron luego las otras mujeres con las que había venido hasta el sepulcro (Mateo 28:9).

Varias versiones de la Escritura están de acuerdo con esta opinión. Por ejemplo algunas traducen “suéltame” (i. e. La Nueva Versión Internacional y La Biblia de Las Américas), “no me agarres” (i. e. La Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy), “no me retengas” o “no trates de retenerme” (i. e. Dios Habla Hoy y la Palabra de Dios Para Todos), “no te aferres a mí” (i. e. La Nueva Traducción Viviente y La Biblia Amplificada) y “no me detengas” (i. e. Traducción en Lenguaje Actual).  

Cuando María Magdalena vio al Señor Jesús resucitado, aparentemente ella pensó que Él iba a ascender inmediatamente a los cielos y por eso se aferró a Él y no lo quería soltar. Cuando Jesús le dijo “aún no he subido a mi Padre”, le hizo entender que todavía no había ascendido a los cielos y que tampoco iba a ascender en ese mismo momento, pues su deseo era primero encontrarse con sus discípulos para darles la Gran Comisión (Mateo 28:18-20, Marcos 16:15-18, Lucas 24:44-49, Juan 20:21-23). Por eso le encargó a ella y luego a las otras mujeres que fueran y le comunicaran al resto de sus servidores sobre la resurrección, pues antes de subir al Padre, Él se les iba a presentar.


¿Por qué Jesús dijo que Él tenía a un Dios? 

En Juan 20:17 Jesús dijo que Él subiría a su Padre y Dios. Al distinguirse de Dios, pareciera que Él no es Dios en absoluto sino un ser diferente a Dios. Sin embargo, sabemos que esto no puede ser así, porque hay otras muchas porciones de la Escritura que claramente demuestran que Jesús es Dios.

El Nuevo Testamento presenta a Jesús como el Eterno (1. Juan 5:11, 12, 20; Juan 1:4), el Autoexistente (Juan 10:17-18), el Creador y Sustentador de todo (Juan 1:10, Colosenses 1:15-17), el Omnipresente (Mateo 18:20, 28:20), el Omnisciente (Juan 4:16, 6:64, Mateo 17:22-27), el Omnipotente (Apocalipsis 1:8, Lucas 4:39-55, 7:14-15, Mateo 8:26-27) y el único que puede perdonar pecados (comparar Marcos 2:5 y Lucas 7:48-50 con Isaías 43:25). Jesús se identificó como el único Dios cuando dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9), “nadie viene [no nadie va] al Padre sino por mí” (Juan 14:6), “creedme que yo soy en el Padre y el Padre en mí” (Juan 14:11), “yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30), etc.

Además, el apóstol Tomás llamó a Jesús Señor mío y Dios mío (Juan 20:28). Algunas mujeres que lo vieron resucitado lo adoraron (Mateo 28:9). Esteban oró a Jesús (Hechos 7:59). El apóstol Pedro lo llamó nuestro Dios y salvador Jesucristo (2. Pedro 1:1). El apóstol Juan dijo que Jesucristo es el verdadero Dios y la vida eterna (1. Juan 5:20). El apóstol Pablo afirmó que nosotros esperamos de los cielos a nuestro gran Dios y salvador Jesucristo (Tito 2:13). Jacobo lo llamó nuestro glorioso Señor Jesucristo (Santiago 2:1) y Judas (el hermano de Jacobo no el Iscariote) afirmó que su misericordia es para vida eterna (Judas 1:21). Así que la iglesia primitiva creyó de manera coherente que Jesús es el sólo y único Dios del cielo, el único Rey de gloria, el Padre Eterno (Isaías 9:6).

Por esto, las explicaciones unitarias [que niegan que Jesús es el único Dios] son insuficientes para dar razón de toda la evidencia bíblica, pues suelen parcializarse con los versículos que distinguen entre Jesús y Dios, pero ignoran o menosprecian todos los textos bíblicos que proclaman que Jesús es Dios.

Del mismo modo, la explicación trinitaria [que dice que Jesús es una persona divina con una gloria coigual a la de otras dos personas distintas que son tan Dios como Él], tampoco puede dar sentido a la distinción que presenta la Biblia entre Jesús y Dios, ya que en Juan 20:17 Jesús declaró tener a un Dios (el Padre) pero al mismo tiempo declaró que Él es inferior a ese Dios (Juan 14:28), lo que anula toda la propuesta de coigualdad ofrecida por la trinidad. Aún más, Jesús declaró que el Padre es el único Dios verdadero (Juan 17:3). Esto destruye el modelo de una trinidad ontológica de personas divinas y coiguales, y hace a esta propuesta incompetente para explicar la distinción bíblica entre Jesús y Dios.

Frecuentemente los trinitarios recurren a los textos bíblicos que demuestran la inferioridad de Jesús respecto a Dios, para insistir en que Jesús siendo Dios tiene a su propio Dios y se diferencia de ese Dios. Sin embargo, al hacer eso se salen del modelo trinitario y caen en el modelo arriano que presenta a Jesús como un semidios o como una deidad de menor categoría que el Padre. No obstante, el modelo arriano también es incompetente para explicar satisfactoriamente la distinción entre Jesús y Dios, porque cuando la Biblia habla acerca del Dios de Jesucristo, se refiere claramente a Jesús como un ser humano (no como un semidios).

En Juan 8:40, Jesús se presenta como un hombre que habla la verdad que ha oído de Dios. En Lucas 2:52, se dice que mientras Jesús era un niño, crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. En Hechos 2:22, el apóstol Pedro predicó que Jesús fue un hombre aprobado por Dios con maravillas, prodigios y señales. En 1. Timoteo 2:5 se dice que el hombre Cristo Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres. Es obvio que Dios no es Dios de otro que también es llamado Dios, sino que Dios (el Padre) es el Dios del hombre Jesucristo. Siempre que la Biblia hace una distinción entre Jesús y Dios, la diferencia es entre el hombre Jesús y Dios, entre el Hijo de Dios y Dios el Padre. La Biblia confiesa claramente que el Hijo de Dios es el ser humano santo que nació de la virgen María (Lucas 1:35, Gálatas 4:4).

Como un hombre genuino, Jesús es verdaderamente inferior al Padre, y por medio de su conciencia humana genuina, ha podido dar testimonio de que esto es así. El texto de Juan 20:17 aclara que cuando Jesús habló de su Dios, se pronunció como lo haría cualquier hombre fiel a Dios, ya que se refirió a sus discípulos (otros hombres) como hermanos (algo que no hubiera podido hacer si Él estuviera hablando como un “semidios” o un “Dios”).

Igualmente hallamos otras porciones bíblicas donde el Hijo habla acerca de su Dios. Por ejemplo, el Hijo clamó en la cruz diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46, Marcos 15:34). El Hijo también prometió que a todos los vencedores los hará columnas en el templo de su Dios y escribirá sobre ellos el nombre de su Dios (Apocalipsis 3:12). Jesús mismo oró, refiriéndose al Padre como el Único Dios (Juan 17:3). Textos como Efesios 1:3 y 1:17, dicen que el Padre de gloria es el Dios de nuestro Señor Jesucristo. Hechos 10:38, dice que Dios estaba con Jesús  de Nazaret a quien ungió con el Espíritu Santo. De manera que las Escrituras hacen una clara distinción entre el Padre y el Hijo que nosotros no podemos ignorar y/o rechazar, y dado que el Padre es el único Dios verdadero (Juan 17:3) y que nadie puede ser llamado Dios excepto el Padre (1. Corintios 8:6), tenemos que reconocer que los textos anteriormente citados hacen una clara distinción entre Dios y el hombre Jesucristo. La Escritura habla del Dios del hombre Jesucristo, no del Dios de otro “Dios” llamado “Jesucristo”. Por eso es que en la Escritura vemos referencias a Dios el Padre y a nuestro Señor Jesucristo, pero nunca a Dios el Padre y a un tal “Dios Hijo”.

Como hombre, hay cosas que Jesús no sabe (Marcos 13:32, Hechos 1:7) y que no puede hacer (Marcos 6:5). Como hombre, Jesús tuvo que ser engendrado (Mateo 1:18-20, Lucas 1:35), tuvo que nacer (Mateo 1:18-25, Lucas 2:1-7), tuvo que crecer en estatura y en sabiduría (Lucas 2:40, 24:52), tuvo hambre y sed (Marcos 11:12, Juan 19:28), y también murió (Juan 19:33, Romanos 5:10) y resucitó con un cuerpo humano glorioso (Filipenses 3:20-21). Como hombre, Él solo puede estar en un lugar a la vez (Juan 16:7), y Él también pudo ser tentado antes de su glorificación (Hebreos 4:15). Así que desde este punto de vista humano, Jesús es distinto de Dios y se tiene que reconocer dicha distinción tal como es presentada en Juan 20:17 y otros textos de la Escritura.

Pero contemplar a Jesús desde el punto de vista humano es solo la mitad de la verdad, porque como lo hemos visto, la Escritura también confiesa que Jesús es Dios. La mayoría de las personas yerran porque sólo contemplan a Jesús como el Hijo de Dios, sin darse cuenta que la Escritura también lo presenta como el Padre (quien es el único Dios verdadero).

Isaías 9:6 presenta a Jesús como un niño que es nacido y como un Hijo que nos es dado, pero también como el Dios Fuerte y el Padre Eterno. Mateo 1:23 dice que Jesús es Emanuel o Dios mismo con nosotros en la forma de un ser humano. Textos como Isaías 35:3-4, Isaías 43:10-12, Mateo 11:2-6 y Lucas 7:18-23 nos enseñan que Jesús es Dios mismo viniendo y salvando. Hebreos 2:14 dice que así como los hijos (los seres humanos) participaron de carne y sangre, Él (o sea Dios el Padre) también participó de lo mismo para poder destruir en su condición humana al diablo, quien tenía el imperio de la muerte. Romanos 9:5 dice que según la carne, Jesús desciende de los patriarcas del pueblo de Israel, pero también dice que a la vez Él es Dios sobre todas las cosas y bendito por siempre. 1. Timoteo 3:15-16 dice que Él (o sea el Dios viviente) fue manifestado en carne. Filipenses 2:5-8 dice que Jesús siendo por naturaleza Dios, se despojó a sí mismo tomando la forma de un siervo y la condición de un hombre. Juan 1:9-10 dice que Jesús es Dios viniendo al mundo, pero a la vez Juan 1:29-30 dice que Jesús es aquel varón que vino para ser el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La Biblia enseña que Dios se manifestó en carne a fin de proveer un sacrificio expiatorio a favor de los hombres para así poder derramar sangre pura para purificarlos (Hebreos 9:22-28). Jesús es Dios mismo, porque Jesús es el único Dios manifestado en carne.

La Biblia presenta una distinción genuina entre Dios y el hombre Jesús (que es lo mismo que la genuina distinción entre el Padre y el Hijo), que surgió a causa de la manifestación de Dios en carne. Así que no podemos rechazar esta distinción, sino comprender que la misma es la clave para advertir el plan eterno de salvación, que Dios se trazó en sí mismo (según el designio de su voluntad) a favor de la humanidad (Efesios 1:3-14).

Cuando Dios se manifestó en carne ocurrió algo novedoso. Dios sin dejar de ser Dios, asumió una verdadera y completa naturaleza humana, con una genuina conciencia y voluntad humana. Así que la manifestación en carne, le permitió a Dios ser consciente de sí mismo de una nueva manera - una manera humana que es bien distinta de su normal conciencia divina. A partir de la encarnación, Dios asumió dos modos de existencia: (1) Él retuvo su tradicional modo de existencia divino, pero (2) asumió un nuevo modo de existencia humano. Así que Él pudo seguir actuando como Dios pero también pudo empezar a actuar como humano. Jesús es a la vez Dios y hombre, y por eso en su modo de existencia humano puede distinguirse de Dios, puede hablar de Dios, e incluso puede orar a Dios como si Él no fuera Dios, aunque sea Dios mismo manifestado en carne.

El Señor Jesús, sin ninguna equivocación o contradicción Bíblica, es el mismo Dios de la eternidad y del Antiguo Testamento con nosotros ¡Él es Emanuel!


Referencias: 

[1] Magdala fue una antigua ciudad localizada al noroeste del mar de Galilea. Para el tiempo de Jesús, tenía una notable población de pescadores y tintoreros, así como unas 80 tiendas de lana fina. Es mencionada en Mateo 15:39. María Magdalena es llamada así, en referencia a su origen en la ciudad de Magdala.

viernes, 26 de octubre de 2012

El Misterio de la Voluntad del Único Dios - Unicidad de Dios


Por Alfonso M. Suárez

Predicación por el pastor Alfonso M. Suarez, el viernes 12 de octubre de 2012, en las instalaciones de la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia del Barrio Viveros en la ciudad de Manizales, Caldas. (Se trató de un programa de doctrina apostólica organizado en conjunto con la Iglesia del Barrio La Enea).

La Predicación es de carácter doctrinal y está basada en el texto de Efesios 1:9-12.

"dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo" (Efesios 1:9-12).


domingo, 14 de octubre de 2012

Enseñanza Sobre La Unicidad de Dios Con Preguntas y Respuestas

Por Julio César Clavijo Sierra

Enseñanza sobre la Unicidad de Dios con preguntas y respuestas, que fue llevada a cabo en la sede de la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia del Barrio San Antonio en la ciudad de Manizales, Caldas, el domingo 30 de septiembre de 2012.


viernes, 31 de agosto de 2012

Las Dos Genealogías de Mateo 1:1-17 y Lucas 3:23-38, Demuestran que Jesús es el Rey Patriarca de Israel y de Jerusalén


Por Cohen Gary Reckart. © Todos los derechos reservados.
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2012.



Los derechos de corona de Jesús fueron heredados de su madre Maria que era de la simiente real de David. Jesús no era de la simiente biológica de José (el esposo de María) y por ende no heredó nada de él referente al trono de David. Las dos genealogías presentadas en Mateo 1:1-17 y Lucas 3:23-38, son un excelente complemento que nos conduce a comprender la necesidad del nacimiento virginal de Jesús para que Él pudiera acreditar los derechos sobre el trono mesiánico. Dios tiene un propósito en todo lo que hace, y por eso guió a Mateo y a Lucas a escribir estas dos genealogías para llegar a una verdad contundente.

En Belén, Jesús nació siendo el Rey de Israel. ¡Sólo reinas conciben reyes! Otros reyes de Israel pudieron haber sido ungidos (Saúl y David), pero después de David, sus herederos gobernaron por derecho de nacimiento y no por unción. Así Salomón sucedió a David al trono, porque en su nacimiento su madre Betsabé era la Reina esposa de David. Cuando Salomón nació, Betsabé parió a un príncipe. Cuando David murió, el príncipe Salomón ascendió al trono y se convirtió en el rey de Israel por el derecho de nacimiento desde la realeza de su madre. El reinado y la realeza determinaron los derechos heredados de un hijo para ascender al trono de Israel.

Recordemos que José (el esposo de María) era de hecho un miembro de la casa de David:

“Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (Mateo 1:20).

Pero la línea real de José había sido cortada en su ancestro Joacim, y por esto Joacim no pudo pasar la herencia del trono de David a algún descendiente suyo.

“Por tanto, así ha dicho Jehová acerca de Joacim rey de Judá: No tendrá quien se siente sobre el trono de David; y su cuerpo será echado al calor del día y al hielo de la noche” (Jeremías 36:30). 

“Así dijo Jehová: Desciende a la casa del rey de Judá, y habla allí esta palabra, y di: Oye palabra de Jehová, oh rey de Judá que estás sentado sobre el trono de David, tú, y tus siervos, y tu pueblo que entra por estas puertas… así ha dicho Jehová acerca de Joacim hijo de Josías, rey de Judá: No lo llorarán, diciendo: ¡Ay, hermano mío! y ¡Ay, hermana! ni lo lamentarán, diciendo: ¡Ay, señor! ¡Ay, su grandeza! En sepultura de asno será enterrado, arrastrándole y echándole fuera de las puertas de Jerusalén... Vivo yo, dice Jehová, que si Conías hijo de Joacim rey de Judá fuera anillo en mi mano derecha, aun de allí te arrancaría… ¡Tierra, tierra, tierra! oye palabra de Jehová. Así ha dicho Jehová: Escribid lo que sucederá a este hombre [Conías o Joaquín] privado de descendencia, hombre a quien nada próspero sucederá en todos los días de su vida; porque ninguno de su descendencia logrará sentarse sobre el trono de David, ni reinar sobre Judá” (Jeremías 22:1-30).

Joacim fue maldecido por Dios con castigo eterno. Ninguno de la simiente de Joacim sería reconocido de allí en adelante como heredero del derecho real de la simiente de David. Tal como Esaú perdió su herencia y primogenitura (Génesis 25:27-34, Hebreos 12:16-17), así Joacim y sus descendientes perdieron lo suyo en David para siempre. Aunque Joaquín [también llamado Conías], hijo de Joacim ejerció como rey durante tres meses (2. Reyes 24:6, 24:8), Dios rechazó ese trono. Como prueba, Joaquín y el antiguo Israel fueron a la cautividad Babilónica. Podemos ver entonces que todo aquel que descendiera de esta línea de simiente, nunca podría heredar el verdadero trono de David. Joacim provenía de la línea de Salomón. Lamentablemente, Salomón había promovido durante su reinado la idolatría en Israel (1. Reyes 11:1.13). ¡La sentencia sobre Joacim, cortó de hecho a la línea de simiente de Salomón de siquiera tener un trono verdadero en Israel! La genealogía de Mateo capítulo 1 es de la línea de Salomón (Mateo 1:6-7) y conduce hasta José, marido de María, de la cual (no dice de los cuales, como incluyendo a José) nació Jesús llamado el Cristo (Mateo 1:16). Jesús como hijo adoptivo de José, no podía reclamar el trono desde la simiente de Salomón y Joacim, porque esta línea de simiente fue cortada del reino. Pero esto no significa que José no podía ser salvo, solamente significa que su línea de simiente fue para siempre excluida del trono en Israel. [1]

Por lo tanto Jesús nació de una virgen y su madre Maria tenía que ser de la simiente de David para que pudiera pasarle la herencia de ese trono. La genealogía de Lucas 3, comienza diciendo que Jesús era hijo según se creía de José, pero el mismo evangelista ya había recalcado que Jesús nació milagrosamente de una virgen y que José no tuvo nada que ver con este engendramiento (Lucas 1:26-38). Por lo tanto, la genealogía de Lucas 3 es la genealogía de María, que descendía del rey David por la línea de Natán (Lucas 3:31-32; 2. Samuel 5:13-14; 1. Crónicas 3:5, 14:3-4, Zacarías 12:12). El nombre de José aparece en lugar del nombre de María, porque por matrimonio José pasó a ser reconocido como hijo de Elí. Además era costumbre omitir el nombre de las mujeres en las genealogías. María poseía los verdaderos derechos de herencia sobre el trono de Israel, pero ella no fue reconocida como la reina que era. [2] María dio a luz al Hijo de Dios, al varón perfecto, al Mesías, y ella era una reina cuando lo hizo. La realeza de María terminó cuando ella se casó con José, lo que ocurrió cuando él la conoció luego del nacimiento de Jesús (Mateo 1:25). Ella abdicó su propio linaje de simiente real cuando consumó su unión matrimonial con José, [3] que como ya lo vimos, era de otra simiente del linaje de David que fue cortada del reino.

Ahora, considere que Jesús fue el primogénito de María (Mateo 1:25, Lucas 2:7) y nació Rey por su simiente real antes de que ella abdicara, por lo que los otros hijos que después ella tuvo con José pertenecieron a la línea de simiente que fue cortada del derecho al trono de David. Su hijo Jesús se convirtió en Rey desde su nacimiento, porque María era de la línea de simiente mesiánica que daría a luz al Mesías, hijo de David. Esta es otra poderosa razón que justifica el nacimiento virginal de Jesús, pues esto condujo a que aquellas dos líneas de simiente no se cruzaran, lo que le permitió a María traer AL VERDADERO Y ÚLTIMO HIJO DE DAVID PARA SENTARSE SOBRE SU TRONO. De hecho, no hay más simiente real por aparecer en Israel después de Jesús. Cuando María se casó con José (es decir cuando José la conoció), ella abdicó de su reinado de línea mesiánica y se convirtió en reina de una línea de simiente cortada cuya majestad y realeza no es reconocida por Dios. Después de casarse con José, María ya no podía parir a otro Mesías de Israel, pues estaba profetizado que una virgen lo daría a luz (Isaías 7:14). Por esto Jesús es la última y verdadera simiente de David que regirá con poder.

Las Escrituras dan testimonio de esta verdad, al decir que Jesús es del linaje de David según la carne (Lucas 1:68-75, Romanos 1:3, 9:5; 2. Timoteo 2:8, Apocalipsis 22:16). Jesús nació Rey y tiene el pleno derecho a la  corona, porque Él es el descendiente real legítimo del Patriarca David. Como se puede apreciar en el registro genealógico de Jesús, Él es descendiente legítimo de un largo linaje de antiguos reyes patriarcas. Los derechos soberanos a la realeza comenzaron con Adán (el primer hijo de Dios según Lucas 3:38), cuando a él le fue dado dominio sobre toda la tierra. Dominio es lo mismo que gobierno soberano y este derecho de corona es heredado por el primogénito de las generaciones siguientes. La genealogía de Lucas nos muestra que comenzando con Adán, el linaje patriarcal del reinado y dominio soberano pasó a Jesús (quien al ser engendrado milagrosamente por el Espíritu Santo, es también hijo de Dios). Jesús es el Rey Patriarca de Israel de la simiente de David y el postrer Adán. Así como Adán tuvo Señorío y dominio sobre toda la tierra, Cristo heredó para siempre el Señorío y dominio como el postrer Adán perfecto sin pecado (Romanos 5:14, 1. Corintios 15:45). Así que la salvación provista en Jesús, es una salvación que no es propia o exclusiva del pueblo judío, sino que es una salvación universal ligada a la misma creación del hombre, que tiene como objetivo traer a la existencia a otros muchos más hijos de Dios (Juan 1:12, Romanos 8:14, Gálatas 3:26, Filipenses 2:15, 1. Juan 3:1-2).

El linaje genealógico de Jesús en los relatos del Evangelio, es verificado por los escritos de Josefo, quien reportó que el rey Herodes intentó insertarse en la línea Davídica por medio de falsas tablas genealógicas, y destruyó todos los registros genealógicos para que nadie más pudiera presentar una mejor afirmación sobre el trono de David que él. Por supuesto, nosotros sabemos que él hizo esto para impedir que cualquier Mesías Judío pudiera siquiera levantarse para afirmar sus derechos de nacimiento sobre el trono de David a fin de restablecer el Reino de Israel. Los judíos deseaban que este Reino fuera restaurado y ellos sabían que Herodes no era nada más que un impostor y su ascendencia era gentil. Por anuncio angelical, Jesús fue declarado no solamente el hijo de David, sino también el Señor Mesías. Jesús es el Rey Patriarca de Jerusalén e Israel ¡EL REY DE LOS JUDÍOS! Esta es la razón por la que Herodes intentó matar a Jesús, cuando se enteró por medio de los sabios de oriente que el rey de los judíos había nacido (Mateo 2:1-23).

¿Pero exactamente qué es un patriarca? De la información que tenemos de fuentes antiguas, un patriarca es un varón regidor de una tribu, clan o grupo. Él también es visto como el fundador de una tribu, clan o grupo. Como patriarca, él es el gobernador soberano, lo que quiere decir que él no está bajo el gobierno o la autoridad directa de otro. Por eso decimos que Dios es soberano, y decimos que Él es el Patriarca y el Gobernador de las naciones. ¡Por esta capacidad le atribuimos REINADO! Las palabras PATRIARCA, SOBERANO y REY, son términos inseparables cuando se aplican a la genealogía de Jesús. Todo ancestro de Jesús que es un Rey Soberano, es también un Patriarca. Así, en la genealogía de Jesús el título patriarca describe a un rey soberano. Por ejemplo, David también es llamado patriarca:

"Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy." (Hechos 2:29).

¡David fue un patriarca porque él fue rey! Si él no hubiera sido seleccionado por Dios para ser el rey de Israel, él no habría sido un patriarca de Israel. Él habría permanecido como un hombre desconocido y su lugar en las Escrituras no existiría. Pero por la divina providencia, él fue escogido para reemplazar a Saúl y el registro del surgir de David a la fama comienza en el legado de Samuel y nos lleva al reinado sobre Israel. La Palabra de Dios llama a David en su capacidad de Rey patriarca.

“Patriarca - de "patri"; "pater": padre o padre varón; y de "arca" que es lo mismo que el griego "archon": gobernador, primero en jerarquía y poder, príncipe, rey, soberano, director. También "archo": primero en jerarquía política, gobierno, que reina sobre”. [Léxico de Strong]

Así, cuando usamos la palabra monarquiano para describir nuestra fe en la Unicidad de la Divinidad, esto quiere decir que creemos en "un gobernador, un Dios rey". La palabra monarquiano viene de "mono" -uno; "arquiano" - gobernador, soberano, rey.

David era un patriarca y también un monarquiano. Jesús también es un patriarca y un monarquiano.

Ahora ¿qué podemos concluir del siguiente texto?:

"Considerad, pues, cuán grande era éste, a quien aun Abraham el patriarca dio diezmos del botín" (Hebreos 7:4).

¿Fue Abraham en alguna manera príncipe o gobernador? ¿Fue él en alguna manera un monarquiano? ¿Fue él en alguna manera un soberano? ¿Fue Abraham un patriarca en el mismo reconocimiento que David? ¿Acaso no es verdad que Abraham está dentro del linaje de Jesús hasta Adán, el primero de los reyes en el linaje de nuestro Señor? ¿Si contamos como patriarcas a todos estos antiguos dignatarios que están en el linaje de Jesús, cómo podemos negar su lugar en la genealogía de Jesús? ¿Podemos decir bíblicamente que estos patriarcas eran todos descendientes de Adán que fue el primer rey? ¿Podemos decir que Adán era rey?

Cualquier cosa que afirmemos de la palabra patriarca en el linaje de Jesús, ésta quiere decir reinado. ¡Esto no se puede negar! Así David y Abraham, ambos llamados patriarcas, figuran en el linaje del reinado de nuestro Señor Jesucristo. ¡Patriarca entonces, quiere decir que ambos, David y Abraham eran reyes!

A causa del impostor Herodes, Elí el padre de María fue un patriarca no reconocido en Israel. A su vez, María llegó a ser la reina no reconocida, la heredera de Israel. María era reina del antiguo Israel cuando ella dio a luz a Jesús. Esta es la razón por la cual Elisabet (la madre de Juan el Bautista) cuando fue llena del Espíritu al verle, le dijo: "Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?" (Lucas 1:42-43). Elisabet reconoció a María como la reina de Israel, y a su hijo Jesús como el Rey Mesías. Este también es el entero propósito de los apóstoles al colocar en su doctrina la genealogía de Jesús. María renunció a los derechos del trono cuando Jesús nació, y desde ese momento en adelante Jesús fue Rey de Israel, y se convirtió en la cabeza de la Iglesia. Si usted cuenta el número de generaciones en la genealogía de Lucas, notará que desde Adán hasta Cristo hay 76 generaciones. La Iglesia es la 77ª generación. Sabemos que la Iglesia es contada por generación, porque las Escrituras reportan esto como verdadero.

“Mas vosotros sois linaje escogido [generación escogida], real sacerdocio [de la simiente de David, vea Hebreos 7:14-15 sobre el sacerdocio de Melquisedec], nación santa [el reino de Dios], pueblo adquirido por Dios [hijos e hijas del Nuevo Pacto], para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).

Todos a quienes el Señor Jesús adopta o recibe como sus hijos e hijas en el Reino, son contados como su simiente. La simiente de la mujer es Cristo (Génesis 3:15, Isaías 7:14, Mateo 1:22-23, Lucas 1:34-35). El remanente de la simiente de la mujer es el pueblo de Cristo porque Él es la simiente de esta referencia. Por consiguiente los miembros de la Iglesia también son contados como la simiente de David (2. Samuel 7:12-17, 1. Crónicas 17:11-15, Salmo 132:11), y la simiente de Abraham (Génesis 22:18, 26:4, 28:14, Gálatas 3:7, 3:16). Esta simiente no es contada según la carne sino que es contada según el Reino de Dios y el nuevo nacimiento (Juan 3:3-6, 1. Pedro 1:23). Así que la Iglesia entera es la simiente de Jesús el Mesías y también la simiente de Abraham. Aquellos que están en Cristo, son la simiente de Abraham. Nosotros entonces somos el remanente de la simiente, el remanente de la simiente de la mujer; simiente la cual es Jesús. Seguiremos siendo simiente real porque nosotros ahora somos hijos e hijas de Dios por medio de Cristo.


Referencias

[1] Cohen Gary Reckart. “La Herejía de la 42ª Generación”
http://hechos238.net/rapto/rapto6.html
[2] Cohen Gary Reckart. “Definiendo La Condición de Reina, de Maria  Madre de Jesús Mesías” 
http://hechos238.net/html/maria-jesus.html
[3] Cohen Gary Reckart. “María, Reina de Israel. Clarificando la Realeza de María a los Apostólicos”
http://hechos238.net/html/reina-maria.html
La realeza presente en una mujer puede terminar por varias razones: (1) Por una reina que fallece y no tuvo hijos que continuaran su línea real; (2) Si ella es reina solamente por matrimonio y no es de simiente real, ella puede  ser destituida por medio del divorcio como lo fue Vasti (Ester 2:17); o (3) Una reina puede abdicar, resignándose a ceder su soberanía o renunciando a ella. 

viernes, 27 de julio de 2012

La Unión Entre el Padre y el Hijo

Por David K. Bernard. © Todos los derechos reservados
Capítulo 8 del Libro The Oneness View of Jesus Christ
Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2012.


“Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Juan 17:21-22).

Como un ejemplo para los creyentes, Jesús oró al Padre poco antes de su crucifixión, para interceder por sus discípulos (Juan 17). Como ya lo comentamos en el capítulo 7, las oraciones de Cristo nunca nos enseñan que Él sea una segunda persona divina, sino que Él es un auténtico ser humano. Él oró "en los días de su carne" (Hebreos 5:7).

Es desde esta perspectiva que debemos examinar las oraciones de Cristo, incluyendo su petición en Juan 17 de que los discípulos sean uno, así como Él y el Padre son uno. Los trinitarios suelen intentar demostrar desde esta declaración, que Jesús y el Padre son dos personas en un Dios. Ellos argumentan que ya que los creyentes son personas distintas los unos de los otros, entonces Jesús tiene que ser una persona diferente al Padre.

Por desgracia para los trinitarios, este argumento resulta muy exagerado. Cuando se lleva a su extremo lógico, no establece la trinidad (la doctrina de tres personas en una sustancia divina), sino el triteísmo (la doctrina de tres dioses). Si Jesús quiso decir que de hecho Él era una persona distinta del Padre, tal y como los creyentes son distintos los unos de los otros, por consiguiente las tres personas de la Trinidad son tres dioses. Por otra parte, la declaración de que “ellos sean uno en nosotros”, conllevaría a pensar que los creyentes podrían convertirse en miembros de la Trinidad así como supuestamente Jesús ya lo era.

Por lo general, en este punto los trinitarios insisten en que la unidad de sus tres personas es de naturaleza diferente a la unidad entre los creyentes. El trinitarismo ortodoxo enseña que las tres personas son un solo Dios en un misterio incomprensible, y no solamente uno en el sentido en el que tres seres humanos pueden estar unidos en la comunión cristiana.

Esta concesión nos lleva al significado obvio de este pasaje: Jesús como un hombre y en referencia a su humanidad, oró para que los creyentes disfrutaran de la armonía, la fraternidad y la unidad entre sí mismos y con Dios, así como Él en su humanidad lo hizo. Él manifestó esta unidad como un hombre sin pecado, perfecto en su relación con Dios. Por lo tanto, la unidad de la que habló Jesús en Juan 17:21-22, es una unidad de mente, propósito y acción, que los seres humanos pueden experimentar en su relación los unos con los otros.

Jesús oró para que los creyentes sean uno, "como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti" (Juan 17:21). En este contexto, Él no estaba hablando de la encarnación, porque los creyentes no pueden encarnarse los unos en los otros. Él habló metafóricamente de una unión de propósito, experiencia y amor, así como lo hizo también en Juan 14:20: " En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros".

Para entender Juan 14:20, vamos a referirnos primero a la frase "vosotros en mí". Dado que un creyente no puede, literalmente hablando, vivir en el cuerpo de Cristo, estas palabras deben entenderse en el sentido del compañerismo. Esta interpretación nos da la clave para la comprensión de las frases paralelas "Yo estoy en mi Padre" y "yo en vosotros".

"Yo estoy en mi Padre", no habla (como lo argumentan los trinitarios) de una misteriosa "interpenetración" (a la que también llaman "pericoresis" o "circumincessio") de dos personas de la divinidad que comparten una misma sustancia divina, porque entonces tendríamos de igual manera que enseñar que los creyentes comparten misteriosamente aquella misma sustancia divina junto con Jesús. Tal punto de vista comprometería fatalmente la unicidad de Dios y la singularidad de Cristo. Más bien "Yo estoy en mi Padre", significa que la humanidad de Cristo se unió en la comunión más cercana posible con Dios, ya que como un hombre consintió que su vida, sus acciones y todo su ser estuvieran en el reino del Espíritu.

Asimismo la frase "yo en vosotros", habla de la comunión que los creyentes experimentan con Jesús. Otros pasajes enseñan que Cristo habita en nosotros por su Espíritu, pero aquí el enfoque principal es sobre la relación. Tal como el hombre Cristo caminó en un diario compañerismo y comunión con Dios, nosotros también podemos hacerlo. Ya que podemos disfrutar de esta relación sólo por el sacrificio expiatorio de Cristo, la Biblia habla de nuestra relación como específicamente con Cristo, quien es Dios manifestado en carne para cumplir este propósito.

En Juan 17:22, Cristo dijo: " La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno". Esta declaración demuestra que en Juan 17:21-22, Jesús habló de su relación con la humanidad, no de su Deidad. Dios es enfático en que Él nunca compartirá su gloria divina (Isaías 42:8; 48:11). Cristo no pudo dar su gloria divina a nadie, ni siquiera a los apóstoles. Pero Él les concedió la gloria de su ministerio terrenal, y la gloria que como hombre iba a recibir tras morir en la cruz para redimirnos de nuestros pecados.

En pocas palabras, Juan 17:21-22 revela los atributos de la vida humana de Cristo y lo señala como el ejemplo que nosotros debemos seguir en nuestras relaciones. Podemos ser uno con los demás y con Dios, así como el hombre Jesús era uno con Dios. Es específicamente por su vida humana que Cristo sirve como nuestro ejemplo (1. Pedro 2:21). Así que en Juan capítulo 17, la unicidad de Dios no es el tema en discusión; más bien esta porción tiene en vista la humanidad de Cristo y su relación con el Padre, porque no hay otra forma para que nosotros podamos ser uno con los demás creyentes y con Dios, sino en base a nuestra propia humanidad al seguir el ejemplo de Cristo.

La Singularidad de la Encarnación

Hay otros pasajes que nos enseñan que Cristo era uno con el Padre de una manera en que nosotros no podemos serlo, es decir de acuerdo con su Deidad. Estos pasajes no se limitan a enseñar que Jesús se relaciona con Dios como una persona se relaciona con otra, sino que enseñan que Jesús es Dios manifestado en carne.

Por ejemplo, Jesús dijo a algunos judíos: "Yo y el Padre uno somos" (Juan 10:30). Él no dijo simplemente: "Yo soy el Padre", porque Él no es solamente el Padre invisible sino también el Hijo visible. Ellos no comprendieron tal declaración, porque sabían que el Padre es un Espíritu invisible. Ellos creían que el Padre moraba en el cielo, mientras que veían a Jesús como un simple hombre. En esencia, Jesús les dijo: "Yo, el hombre que les estoy hablando a ustedes, y el Padre, a quien ustedes consideran que vive de manera invisible en el cielo, no somos dos como ustedes lo suponen, sino que Yo y el Padre somos uno y el mismo".

Los judíos entendieron la afirmación de Cristo como una reclamación de la deidad. Ellos creían en un solo Dios (Deuteronomio 6:4), y se dieron cuenta de que Jesús estaba afirmando su identidad como el único Dios verdadero. Su respuesta fue intentar apedrearlo. Ellos explicaron: "Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios" (Juan 10:33). Ellos entendieron su afirmación, pero la rechazaron. No pudieron comprender que no era que un hombre se hiciera a sí mismo Dios, sino que Dios se había hecho un hombre (Juan 1:1, 1:14; 1. Timoteo 3:16).

Para sus discípulos, Jesús hizo clara su identidad. Les reveló que Él es el único camino al Padre, y que cuando lo vieron a Él, de hecho vieron y conocieron al Padre. "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto" (Juan 14:6-7).

En este punto, Felipe no acababa de entender, por lo que le pidió a Jesús que le mostrara al Padre. "Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras" (Juan 14:9-11).

Los discípulos sabían que Dios es Espíritu, y como tal Él es invisible y no tiene carne y huesos (Juan 1:18; 4:24, Lucas 24:39). Un ser humano no puede ver directamente al Espíritu invisible. La única manera en que podemos ver a Dios, es si Dios se revela de alguna forma perceptible a los sentidos humanos. En otras palabras, Dios tiene que manifestarse.

Jesús le señaló a Felipe, exactamente lo que Dios hizo en Cristo. Las obras de Jesús atestiguan su identidad, porque Él hizo muchos actos que sólo Dios puede hacer, como perdonar pecados, controlar las fuerzas de la naturaleza, crear comida para cinco mil y resucitar a los muertos por medio de su propia autoridad. Sus palabras y sus obras testificaron que Él es Dios manifestado en carne. Cuando Felipe vio a Jesús, vio a Dios el Padre de la única manera en que Dios el Padre puede ser visto alguna vez.

En este pasaje, Jesús utilizó dos veces una frase similar a la encontrada en Juan 14:20 y 17:21-22: "Yo soy en el Padre, y el Padre en mí". Ya hemos explicado que aquellos otros versículos hablan de su humanidad en comunión con Dios, que es el ejemplo que nos permite a nosotros tener comunión con Dios y con los demás creyentes. Pero Juan 14:9-11 va más allá de cualquier relación humana, pues habla de la encarnación y presenta la identidad de Cristo siendo Dios: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre… El Padre que mora en mí, Él hace las obras".

Nosotros no podemos sostener que si alguien nos ha visto entonces ha visto a Dios, o que si alguien nos ha visto entonces ha visto a otro creyente. Podemos decir que Dios habita en nosotros, pero no en la forma ilimitada que Cristo se aplicó a sí mismo, al afirmar que cada palabra y obra suya eran en realidad la palabra y obra del Padre que moraba en Él. En este mismo sentido, tampoco podemos afirmar  que los demás creyentes moran en nosotros. Así, mientras que Juan 14:9-11 habla de la unión del hombre Jesucristo con Dios, en esta porción de la Escritura este concepto va mucho más allá de lo expresado en Juan 14:20 y 17:21-22 para establecer la singularidad de la unidad de Cristo con Dios. Es cierto que Cristo está relacionado con Dios así como los demás seres humanos pueden y deben hacerlo (siguiendo su ejemplo), pero también es cierto que, a diferencia de otros seres humanos, Él es en realidad Dios el Padre encarnado. (Ver también Juan 1:1-14; 10:30-38; 20:28).

Los trinitarios dicen a veces que Jesús era uno con el Padre, solamente así como dos personas pueden estar unidas en un propósito, tal como un marido y su mujer se convierten en una sola carne (Génesis 2:24). Un esposo y una esposa son dos personas antes de su unión, y siguen siendo dos personas después, así que cuando leemos que se conviertan en "uno", sabemos que la Biblia está hablando en un sentido figurado. Pero la Biblia nunca nos dice que Dios es dos o más personas, por lo que cuando dice en repetidas ocasiones que Dios es uno, único y sólo, da a entender que Él es absoluto y numéricamente uno. (Véase Deuteronomio 6:4, Isaías 44:6, 8, 24; 45:5-6).

Por otra parte, como hemos visto, el lenguaje de Juan 10:30-33 y 14:9-11 trasciende incluso a la mayor unión cercana posible entre dos personas. En Juan 10, los judíos no se limitaron a pensar que Jesús estaba afirmando estar en estrecha comunión con Dios, sino que ellos sabían que Él estaba afirmando ser Dios. Por el contrario, el marido no puede presumir que es  su esposa, o viceversa. De manera similar, aún el marido más fiel nunca podrá decir: "El que me ha visto a mí, ha visto a mi esposa", o "las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino mi esposa que mora en mí, hace las obras".

En resumen, como un hombre Jesús era uno con el Padre, de la misma manera en que cada uno de nosotros podemos llegar a ser uno con Dios y con los demás creyentes en unidad de propósito y sujeción. Pero como Dios, Jesús era uno con el Padre de una manera única en la que nosotros no podemos llegar a serlo, y ésta es por identidad y por la encarnación.

La Revelación del Padre

De acuerdo con 1. Juan 3:1-5, el Padre ha puesto de manifiesto que Él mismo se ha revelado en la persona de Jesucristo. El único que actúa en el versículo 1 es el Padre: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios". Somos llamados hijos de Dios a causa del amor del Padre. Puesto que somos hijos de Dios, obviamente Él es nuestro Padre.

El versículo continúa sin cambiar de sujeto: "Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él". ꞋÉlꞋ sólo puede significar ꞋDios el PadreꞋ, porque no hay otro antecedente posible, ningún otro sustantivo al que aquel pronombre pueda referirse. Sin embargo, en otro lugar Juan identificó a Jesús, el Verbo hecho carne, como aquel que entró en el mundo, pero a quien el mundo no conoció: "En el mundo estaba, y el mundo por Él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron" (Juan 1:10-11).

1. Juan 3:2 continúa diciendo otra vez, y sin hacer la introducción de cualquier otro sujeto: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es". ꞋÉlꞋ, debe referirse a Dios, quien es nuestro Padre, y cuyos hijos somos nosotros. Sin embargo, en otros lugares Juan describe a Jesús como Aquel que aparecerá y a quien vamos a ver: "He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por Él. Sí, amén" (Apocalipsis 1:7).

1. Juan 3:3-5: "Y todo aquel que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que Él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él".

Todavía no hay cambio de sujeto. ꞋÉlꞋ todavía se refiere a Dios el Padre. El Padre "apareció para quitar nuestros pecados". Sin embargo, Juan registró en otro lugar que Jesús vino como "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Jesús es la manifestación del Padre con el propósito de darnos salvación.

Los trinitarios tratan de evitar esta conclusión, señalando que en los versículos 3 y 5, ꞋÉlꞋ proviene de la palabra griega ekeinos, que literalmente significa "este uno". Ellos observan que Juan utilizó a veces el adjetivo demostrativo para referirse específicamente a Cristo como el "antecedente más remoto", es decir cuando de otra manera el contexto señalaría a otro sujeto, al antecedente inmediato. Pero la palabra ꞋÉlꞋ en los versículos 1-2 no es ekeinos sino autos, que es el singular, el pronombre masculino griego que significa ꞋélꞋ.

Por otra parte, hay una buena razón para que en los versículos 3 y 5 se haya utilizado ekeinos. En cada caso hay un sujeto interviniente que podría ser confundido como el antecedente para el pronombre, por lo que ekeinos aclara que el antecedente más remoto es al que se está teniendo presente, a saber, Dios el Padre. El sujeto del versículo 3 es "Todo aquel que tiene esta esperanza". Cuando el versículo se refiere de nuevo a este sujeto utiliza autos, pero cuando se quiere hacer referencia al antecedente más remoto del versículo 2, que es Dios, utiliza ekeinos: "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él [autos, es decir, el que espera] se purifica a sí mismo [eautos, es decir, el que espera], así como Él [ekeinos, es decir, Dios] es puro".

Del mismo modo, el tema del versículo 4 es: "Todo aquel que comete pecado", pero el versículo 5 utiliza ekeinos para aclarar que no se refiere a este antecedente inmediato. Dice: "Sabéis que Él [ekeinos, es decir Dios, el antecedente más remoto] apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él [autos, es decir Dios, ahora el antecedente inmediato]".

Por supuesto, reconocemos que en estos versículos ekeinos habla de Cristo, pero es importante señalar que en el contexto, el antecedente es Dios el Padre. El pasaje por lo tanto identifica a Cristo como el Padre que apareció para perdonar nuestros pecados.

Por esta razón, Juan 2:23 puede decir: "Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre". Si el Padre y el Hijo fueran dos personas distintas, sería teóricamente posible llegar a conocer al uno sin necesidad de conocer al otro. Por ejemplo, los líderes religiosos judíos del primer siglo intentaron conocer al Padre negando a la vez al Hijo, Jesucristo. Sin embargo, todos esos esfuerzos están condenados al fracaso, porque el Padre se ha manifestado en su Hijo. Cualquiera que niegue que Jesús es el Hijo de Dios, que Él es Dios manifestado en carne, no se ha limitado a rechazar a una segunda persona llamada Hijo, sino que ha rechazado al mismo Padre, porque el Padre mismo ha decidido manifestarse en su Hijo.

Por otro lado, si reconocemos que Jesús es el Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, entonces no tenemos que conocer y encontrarnos con una o dos personas divinas adicionales. Si tenemos al Hijo, contamos también con el Padre, porque el Padre se manifestó en Cristo. Cuando tenemos una comprensión bíblica acerca de la deidad de Jesucristo, reconocemos al Padre en Cristo.

Entonces, en el sentido más amplio, el Padre y el Hijo están inseparablemente unidos como uno en Cristo Jesús, la Divinidad encarnada. No podemos tener al Padre sin el Hijo, y viceversa. Esta unión no es parte de una relación trinitaria, pues si lo fuera: ¿por qué las descripciones bíblicas constantemente omiten al Espíritu Santo de la unión? Más bien, esta unión es la consecuencia del engendramiento del Hijo y la identidad misma del Hijo (como está descrita en el capítulo 6 de este libro).

El Padre y el Hijo en los Creyentes

"Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él" (Juan 14:23).

Juan 14:23 aplica la unión del Padre y el Hijo en la vida del creyente. Debido a que este versículo utiliza pronombres plurales para Jesús y el Padre, los trinitarios reclaman que enseña su doctrina. Pero en lugar de enseñarnos acerca de la trinidad, estas palabras describen en sentido figurado la experiencia cotidiana del cristiano.

Jesús le prometió a aquellos que lo aman y le obedecen: "Vendremos [El Padre y yo] a él, y haremos morada con él". Por el contexto, es claro que estas palabras no significan que literalmente dos personas habitan o moran dentro de los creyentes. En Juan 14:20 Jesús dijo:

"Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros". Como ya se discutió, "vosotros en mí" no puede significar que el espíritu de un creyente en realidad pueda llenar el cuerpo físico de Cristo o encarnarse en Cristo, sino que la frase se refiere a la comunión y al compañerismo. Del mismo modo, las expresiones: "yo en vosotros" (v. 20) y "haremos morada con él" (versículo 23), hablan de la comunión de Dios con nosotros.

Si interpretamos Juan 14:23 para hablar de dos personas, entonces debemos preguntarnos cómo podrían habitar dos personas en un individuo creyente. Sólo podrían hacerlo en espíritu, lo que requeriría de dos espíritus divinos viviendo en cada creyente. Sin embargo la Biblia nos habla de "un cuerpo y un Espíritu" (Efesios 4:4). "Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu" (1. Corintios 12:13). Los cristianos reciben un solo Espíritu, no dos.

Por lo tanto, el contexto y otros pasajes muestran que la declaración de Jesús en Juan 14:23 es metafórica. Él dijo que íbamos a tener al Padre y al Hijo, no como una referencia a dos personas o a dos espíritus habitando en nosotros, sino que habla de las características divinas que se distinguen en la vida del cristiano. ¿De qué manera el cristiano recibe realmente estas cualidades en su vida para tener comunión con el Padre y el Hijo? En el mismo contexto, Jesús explicó que el derramamiento del Espíritu Santo cumple con sus palabras: "Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre… No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros… Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Juan 14:16, 18, 26). Cuando recibimos el Espíritu de Dios, tenemos la presencia permanente del Padre y del Hijo.

Para la persona que ama a Dios y guarda sus mandamientos, Juan 14:23 promete que el Padre y el Hijo se quedarán con él. En otra parte, Juan usó un lenguaje similar para enseñar que sabemos que tenemos a Dios permaneciendo en nosotros porque recibimos de su Espíritu. "Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado" (1. Juan 3:24). "En esto conocemos que permanecemos en él, y Él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu" (1. Juan 4:13).

Cuando recibimos el Espíritu Santo, recibimos el Espíritu de nuestro Padre que habla en nosotros (Mateo 10:20). El Espíritu que mora en nosotros, nos permite llamar a Dios nuestro Padre (Romanos 8:15; Gálatas 4:6) y nos da acceso al Padre (Efesios 2:18). Cuando el Espíritu Santo mora en nosotros, tenemos el Espíritu del Creador del universo (Génesis 1:1-2). Tenemos todo el poder del Padre omnipotente obrando en nuestras vidas. El Padre imparte sabiduría y revelación para nosotros, pero lo hace por medio del Espíritu (1. Corintios 2:12; 12:8; Efesios 1:17). El Padre nos consuela, pero lo hace por el Espíritu Santo (2. Corintios 1:2-4; Juan 14:26). Por otra parte, Dios derrama de su amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Romanos 5:5). En resumen, el Padre nos ama, viene a nosotros y hace su morada con nosotros, cuando nos llena de su Espíritu.

El Espíritu Santo es también "el Espíritu de su Hijo" [del Hijo de Dios] (Gálatas 4:6). Cuando recibimos el Espíritu Santo, recibimos específicamente el Espíritu que mora en Cristo (Romanos 8:9-11). El Espíritu guió a Cristo continuamente, lo capacitó para ofrecerse a Dios y le levantó de entre los muertos, y Aquel mismo Espíritu llevará a cabo la misma obra en nuestras vidas (Mateo 4:1, Hebreos 9:14, Romanos 8:11-14). Al contar con "el Espíritu de Jesucristo", podemos tener la mente de Cristo que le llevó a ser humilde y obediente a la voluntad de Dios hasta la muerte (Filipenses 1:19; 2:5-8).

El Padre nos fortalece con su poder mediante la colocación de su Espíritu en el hombre interior (Efesios 3:16). Su Espíritu nos llena de modo que Cristo habita en nuestros corazones por la fe (Efesios 3:17). El resultado es que somos llenos de toda la plenitud de Dios (Efesios 3:19).

En resumen, los creyentes no sólo disfrutan de la obra vivificante, creativa, milagrosa y poderosa del Padre en sus vidas, sino que también reciben la actitud humilde, sumisa y obediente del Hijo. Realmente, tanto el Padre como el Hijo vienen a ellos y hacen su morada con ellos. Pero el Padre y el Hijo no vienen como los dos espíritus de dos personas. Tampoco son dos personas que de alguna manera llegan a través de una tercera persona. Al recibir el Espíritu de Dios, los creyentes reciben tanto al Padre como al Hijo. Este Espíritu es el Padre eterno obrando en nuestras vidas, y al mismo tiempo, Él es el Espíritu del Hijo.

La unión del Padre y del Hijo no es una unión de dos personas divinas, sino que es una unión de la Divinidad y la humanidad. Esta unión se llevó a cabo de una manera única en Jesucristo, quien es simultáneamente Dios y hombre, porque "En Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad" (Colosenses 2:9).

Aunque nadie más haya sido o pueda ser la encarnación de Dios como lo es Jesús, actualmente la unión del Padre y del Hijo en Cristo tiene implicaciones importantes para nuestras vidas. En primer lugar, el Hijo era un hombre perfecto en una relación perfecta con Dios, y su vida humana sirve como el modelo ideal para que nosotros lo emulemos en nuestras relaciones cristianas. En segundo lugar, la encarnación pone a nuestra disposición las cualidades divinas del Padre omnipotente, así como los atributos humanos perfectos del Hijo sin pecado. Cuando recibimos el Espíritu Santo (el único Espíritu del Padre y el Hijo), tenemos todo lo que necesitamos para vivir para Dios.