lunes, 17 de agosto de 2015

El Manual Pastoral en Las Epístolas a Timoteo y Tito


Por Julio César Clavijo Sierra
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“para que… sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1. Tm. 3:15).

“Reflexiona en lo que te digo, y el Señor te dará una mayor comprensión de todo esto”. (2. Tm. 2:7 - NVI)

Introducción

El apóstol Pablo fue un fundador de iglesias en muchos lugares, y siempre estuvo preocupado de que sus hijos en la fe permanecieran en la sana doctrina y estuvieran bien administrados. Por esta razón escribió cartas para responder a las necesidades particulares de las iglesias. Pero también le escribió a sus colaboradores Timoteo y Tito (Flp. 2:19-24; 2. Co 8:23), quienes le ayudaban en la tarea de evangelizar y a la vez de organizar, administrar y edificar a las iglesias, a fin de que ellos conocieran la voluntad de Dios en lo que respecta al llamado, la ordenación, el ejercicio y la supervisión de la labor pastoral. De manera que las epístolas que el apóstol Pablo les escribió a Timoteo y Tito, son un verdadero manual pastoral en el que deben mantenerse las iglesias fieles de todos los tiempos. Si un pastor desea ejercer con éxito su ministerio, deberá permanecer en estas instrucciones, pues solo así sabrá cómo conducirse (1. Tim. 3:15), cada vez tendrá una mayor comprensión de su labor (2. Tm. 2:7) y estará enteramente preparado para toda buena obra  (2. Tm. 3:17).

Del mismo modo en que un pastor cuida y guía a un rebaño, en la iglesia cristiana un pastor (del griego poimén) es aquel que ha sido puesto por Dios para apacentar a la iglesia que Él ganó con su propia sangre (Hch. 20:28; Heb. 13:17). La palabra apacentar, tiene las connotaciones de cuidar, guiar, instruir y moldear a los cristianos que están bajo su administración. En el lenguaje del Nuevo Testamento, el ministerio del pastorado también es referido por los términos de obispo (Hch. 20:28) y anciano (1. P. 5:1-2). Obispo, viene del griego epı́skopos, que significa supervisor o vigilante. Anciano, viene del griego presbyteros, que significa dirigente. Aunque actualmente algunas denominaciones cristianas hacen distinciones administrativas entre los términos de pastor, obispo y anciano, en la iglesia primitiva no era así. Por esta misma razón, las epístolas a Timoteo y Tito se han conocido como las epístolas episcopales o pastorales.

Aunque la Biblia habla de otros ministerios y también da instrucciones acerca de ellos, al que más tiempo y detalle le invierte es al de los pastores que se encargan de cuidar a las iglesias. Es normal que esto sea así, pues un solo pastor puede llevar a toda una congregación al fortalecimiento espiritual o la puede conducir al fracaso. Además, porque el pastor es un referente ineludible del cristianismo por parte de los que no son creyentes.

Vale la pena señalar que en el Nuevo Testamento siempre se habla de ancianos en forma plural, lo que demuestra que en cada localidad había un equipo pastoral o un conjunto de ancianos encargado de la iglesia, el cual era conocido como presbiterio (1. Tm. 4:14). Sin embargo Apocalipsis capítulos 2 y 3 parecen indicar que de todos modos siempre había un anciano principal, pues cada carta es dirigida al 'ángel' (que aquí significa 'el mensajero') de cada una de esas siete iglesias del Asia Menor.          
  
Igualmente, es bueno hacer notar que para el tiempo de la iglesia primitiva, jamás se utilizó el título de sacerdote de manera exclusiva para los pastores, pues el Nuevo Testamento enseña que cada creyente es un sacerdote (1. P. 2:9; Ap. 1:6, 5:10) que está llamado a ofrecer sacrificios espirituales a Dios (Rom. 12:1; Heb. 13:15-16). La Biblia tampoco cataloga al ministerio del pastorado exclusivamente como “el santo ministerio”, sino que más bien nos enseña que cada ministerio otorgado por Dios es santo, porque el mismo Espíritu Santo ha repartido a cada uno en particular como Él quiere (1. Co. 12).

En este artículo, se ha hecho un arreglo temático del contenido de las epístolas de Pablo a Timoteo y Tito (y en algunas partes se ha complementado con otras porciones de la Escritura), el cual ha resultado dividido así: (1.) El pastor debe ser puesto por Dios; (2.) Requisitos para el pastorado [obispado]; (3.) Consejos para el pastor; (4.) El mensaje del pastor es el evangelio (la buena noticia); (5.) El pastor y su trato con las personas; y (6.) El pastor y su trato con la falsa doctrina.


1. El Pastor Debe ser Puesto por Dios

La responsabilidad de un pastor [obispo, anciano] es apacentar a la Iglesia del Señor (Hch. 20.28; 1. P. 5:1-2),  la cual es el bien más preciado de Dios (1. P. 2:9-10), por lo que todo aquel que anhela el pastorado [obispado] desea una buena obra (1. Tm. 3:1). Pero en razón a la gran responsabilidad encomendada sobre dicha labor, el aspirante debe aclarar en primer lugar si es Dios el que lo está llamando para ejercer este ministerio, por lo que no debería continuar adelante en caso de percibir que su llamado obedece solamente a los intereses humanos. La Escritura nos enseña que Dios es el que reparte los dones en particular como Él quiere (1. Co. 12:11), que Cristo Jesús es el que fortalece y pone en el ministerio (1. Tm. 1:12), que Dios fue el que prometió dar a su pueblo pastores que los apacentaran con ciencia y con inteligencia (Jer. 3:15), y que Dios fue quien constituyó a unos como pastores [entre otros ministerios como el de apóstoles, profetas, evangelistas y maestros] para perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4:11-12).  

Hay una gran bendición cuando un creyente ejerce con amor los ministerios o dones que Dios le ha dado, pues cada servicio se convierte en bendición para los demás miembros del cuerpo de Cristo. Pero si alguien no tiene un llamado para ejercer cierto oficio ministerial, y aun así insiste en desarrollarlo, podría convertirse en estorbo para la obra de Dios y para la Iglesia. Pablo dio testimonio de su llamado, al decir que por la voluntad y el mandato de Dios, él había sido constituido como apóstol, predicador y maestro (1. Tm. 1:1, 2:7; 2. Tm. 1:1; Tit. 1:1). También dio testimonio acerca de Timoteo, al decir que varias profecías que se hicieron respecto a él, confirmaron su llamado (1. Tm. 1:18).  

Cuando un pastor sabe que fue puesto por Dios, contará con la fortaleza para soportar las adversidades y superarlas victorioso. Como un soldado fiel, peleará la buena batalla (2. Tm. 4:7), permanecerá en la buena milicia, mantendrá la fe y la buena conciencia para no naufragar, y no se enredará en las cuestiones de este mundo a fin de agradar a su Dios (1. Tm. 1:18-19; 2. Tm. 2:3-4). Como un atleta que desea vencer, siempre correrá legítimamente (de acuerdo con los mandamientos de Dios) manteniéndose en la fe (2. Tm. 2:5, 4:7). Como un labrador que trabaja duro en el campo, tendrá el derecho a recibir la cosecha. (2. Tm. 2:6). 


2. Requisitos para el Pastorado [Obispado]

Para tener a su cargo la obra de Dios (Tit. 1:7), el pastor debe cumplir con varios requisitos:

1). Debe ser un creyente santo, apartado para Dios. (Tit. 1:8).
2). Debe ser amante de lo bueno, o sea un hombre de bien. (Tit. 1:8).
3). No debe ser un neófito (un recién convertido), no sea que se vuelva un presumido y vanidoso, y caiga bajo la misma condenación en la que cayó el diablo cuando se enorgulleció. (1. Tm. 3:6).
4). Debe ser irreprensible (o sea intachable), manteniendo una buena reputación por parte de los que pertenecen y de los que no pertenecen a la iglesia, para que no caiga en deshonra o en alguna trampa del diablo. (1. Tm. 3:2, 3:7; Tit. 1:6-7).
5). Debe ser apegado a la Palabra fiel tal como le ha sido enseñada, para que también pueda exhortar a otros con la sana doctrina y convencer a los que se opongan. (Tit. 1:9).
6). Debe ser apto para enseñar con suficiente competencia el conocimiento de la Palabra de Dios, poseyendo la aptitud para comunicar a otros las verdades fundamentales del evangelio. (1. Tm. 3:2).
7). Debe ser esposo de una sola mujer, lo que implica que debe serle fiel a su esposa. (1. Tm. 3:2, Tit. 1:6).
8). Debe gobernar bien su casa, pues el que no sabe gobernar su propia casa tampoco va a poder gobernar a la Iglesia de Dios, que es una casa más grande en la que se presentan problemas de distinta índole. (1. Tm. 3:4-5). Debe tener sujetos a sus hijos con toda dignidad, lo que implica que sus hijos le obedecen y le respetan, y también respetan a la iglesia de Dios. (1. Tm. 3:4; Tit. 1:6).
9). Debe ser sobrio, templado, dueño de sí mismo. (1. Tm. 3:2; Tit. 1:8).
10). Debe ser prudente y sensato. (1. Tm. 3:2).
11). Debe ser disciplinado y juicioso. (Tit. 1:8).
12). Debe ser decoroso y ordenado, comportándose con decencia. (1. Tm. 3:2).
13). Debe ser justo, es decir imparcial en su trato con los demás. (Tit. 1:8).
14). Debe ser amable (1. Tm. 3:3) y no arrogante o soberbio. (Tit. 1:7. Cf. 1. P. 5:2-3).
15). Debe ser hospedador. (1. Tm. 3:2; Tit. 1:8).
16). Debe ser apacible, o sea pacífico y conciliador (1. Tm. 3:3), y no iracundo (Tit. 1:7) o pendenciero. (1. Tm. 3:3; Tit. 1:7).
17). No debe ser avaro ni codicioso de ganancias deshonestas. (1. Tm. 3:3; Tit. 1:7. Cf. 1. P. 5:2), porque entonces le servirá al dinero y no a Dios, por lo que el dinero se convertirá en su ídolo extraviándolo de la fe y traspasándolo de muchos dolores. (1. Tm. 6:10. Cf. Mt. 6:24, Ef. 5:5, Col. 3:5). Si el pastor tiene sustento y abrigo debe estar contento con eso, sabiendo que su ganancia está en la piedad, que está mucho más allá de cualquier riqueza material que se pueda acumular en este mundo. (1. Tm. 6:6-10).       
18). No debe ser dado a las bebidas alcohólicas. (1. Tm. 3:3; Tit. 1:7). [1]


3. Consejos Para el Pastor

Para tener éxito, el pastor no debe dejar de recordar que él le sirve a Jesucristo (2. Tm. 2:8), quien es el príncipe de los pastores (1. P. 5:4). Nuestro Señor Jesucristo es el gran pastor y obispo de nuestras almas (Jn. 10:11-14; 1. P. 2:25; Heb. 13:20; Ap. 7:17), por lo cual cada pastor debe seguir el ejemplo de nuestro Señor Jesús (Jn. 13:13-17). Dios es poderoso para guardar hasta el día final todo lo que un pastor haya hecho a favor de la obra de Dios, otorgándole la corona incorruptible de gloria (2. Tm. 1:12. Cf. 1. P. 5:4).

El pastor debe tener presente que ha sido puesto para dar testimonio de Jesucristo en fe y verdad (1. Tm. 1:11, 2:3-7). Así que debe persistir en predicar la Palabra parezca o no parezca oportuno (2. Tm. 4:2), a dedicarse a la evangelización, y a cumplir con los deberes de su ministerio. (2. Tm. 4:5).

El pastor no debe descuidar, sino antes bien avivar permanentemente el don que recibió de Dios (1. Tm. 4:14-15; 2. Tm. 1:6). Para esto, debe guardar con una conducta pura e irreprensible lo que se le ha encomendado, y seguir los buenos ejemplos de los que lo instruyeron (1. Tm. 6:14, 6:20; 2. Tm. 1:13, 3:10-15). También debe tener cuidado de sí mismo y de la buena doctrina, persistiendo siempre en esto, a fin de obtener la salvación de sí mismo y de los que lo oyeren (1. Tm. 4:6, 4:16), y siendo ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza (1. Tm. 4:12. Cf. 1. P. 5:3; Heb. 13:7).

El pastor no debe tener espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. (2. Tm. 1:7). Debe pelear la buena batalla de la fe, echando mano de la vida eterna (1. Tm. 6:12). No se debe avergonzar de dar testimonio del Señor Jesucristo (2. Tm. 1:8),  o de dar testimonio de los cristianos que han sido probados fieles (2. Tm. 1:8). El pastor debe fortalecerse en la gracia que es en Cristo Jesús (2. Tm. 2:1) para trabajar con ahínco en la obra del Señor, estando incluso dispuesto a sufrir oprobios, persecuciones y sufrimientos por causa de su fe, sabiendo que espera en el Dios viviente que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen. Debe soportar estos oprobios no solo por su propio bien, sino también por el bien de los elegidos, para que ellos también alcancen la gloriosa y eterna salvación que tenemos en Cristo Jesús. Debe recordar que todos los que quieran tener una vida piadosa en Cristo Jesús, serán perseguidos. (1. Tm. 4:10; 2. Tm. 1:8, 1:12, 1:15, 2:3, 2:9-10, 3:11-12, 4:5, 4:6, 4:10, 4:14-16).

Cuando el pastor enseñe, debe hacerlo con integridad y seriedad, y con un mensaje sano e intachable (Tit. 2:7-8), cuidando de la preciosa enseñanza que se le ha confiado con el poder del Espíritu Santo que vive en él (2. Tm. 1:14). Así que debe ocuparse en la lectura, la exhortación y la enseñanza de la Palabra (1. Tm. 4:13), para presentarse a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse y que interpreta rectamente la palabra de verdad. (2. Tm. 2:15). El pastor no debe dejar de enseñar, y debe tener presente que toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra. (2. Tm. 3:16-17, 4:2).

Si el pastor es joven, debe lograr que nadie lo menosprecie por eso (1. Tm. 4:12). Debe huir de las malas pasiones de la juventud, y esmerarse en seguir la justicia, la fe, el amor y la paz, junto con los que invocan al Señor con un corazón limpio. (2. Tm. 2:2).

El pastor debe ser prudente en todas las circunstancias (2. Tm. 4:5). Por ejemplo debe cuidar de su salud (1. Tm. 5:23); [2] no se debe apresurar para imponerle las manos a nadie, a fin de no participar en pecados ajenos (1. Tm. 5:22); debe desechar las leyendas profanas y los mitos semejantes (1. Tm. 4:7); debe huir de las falsas doctrinas y de la avaricia (1. Tm. 6:11. Cf. 1. P. 5:2); debe hacer oraciones, rogativas, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres (1. Tm. 2:1-3); y debe ejercitarse para la piedad, pues esta aprovecha para todo, ya que tiene promesa de esta vida presente y de la venidera (1. Tm. 4:7-8, 6:11).

El pastor debe reflexionar en todo lo que se le dice en el manual pastoral, para que cada vez el Señor le dé una mayor comprensión de todo esto. (2. Tm. 2:7).


4. El Mensaje del Pastor es el Evangelio (La Buena Noticia)

El evangelio es la palabra fiel y digna de ser recibida por todos, preparada por Dios en la eternidad cuando aún no existía el tiempo, que proclama el misterio de la piedad (del amor de la misericordia de Dios), que nos enseña que Dios se manifestó en carne como Cristo Jesús, y vino al mundo para salvar a los pecadores. En esa condición de hombre fue descendiente del rey David, vivió una vida sin pecado, murió para darse a sí mismo en rescate por todos, pero resucitó y se levantó de entre los muertos porque fue justificado al no hallarse maldad en Él, siendo recibido arriba en gloria. (1. Tm. 1:15, 2:5-6, 3:16, 4:9; 2. Tm. 1:9, 2:8; Tit. 1:2, 2:13-14. Cf. Flp. 2:5-11). Jesucristo quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio (2. Tm. 1:10). A través de la obra de Jesucristo hombre, ahora tenemos acceso a la gracia de Dios, a la promesa de la vida, y a la salvación con gloria eterna (2. Tm. 1:1, 2:1, 2:5, 2:10, 4:8). Por medio del evangelio, Dios es predicado y creído en el mundo (1. Tm. 3:16; Tit. 1:2).

Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1. Tm. 2:4), por lo cual ha manifestado su gracia salvadora a todos los hombres (Tit. 2:11). La gracia y la verdad del evangelio nos enseñan que nuestro gran Dios y salvador Jesucristo se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido dedicado a hacer el bien. Si una persona acepta a Jesucristo y permanece en Él, podrá ser transformada para que pueda rechazar la impiedad y las pasiones mundanas, y podrá vivir en este mundo practicando la justicia, la piedad y el dominio propio. (Tit. 2:11-15).  El fundamento de Dios es sólido y se mantiene firme teniendo este sello: «El Señor conoce a los suyos» y «Que se aparte de la maldad todo el que invoca el nombre de Cristo». Dios demanda de nosotros el amor nacido de corazón limpio, de buena conciencia y de fe no fingida. Si alguien se mantiene limpio, llegará a ser un vaso noble, santificado, útil para el Señor y preparado para toda buena obra. (1. Tm. 1:5; 2. Tm. 2:19-20). Si morimos con Cristo, también viviremos con Cristo; si resistimos, también reinaremos con Él. Si lo negamos, Él también nos negará; si somos infieles, Él sigue siendo fiel, ya que Él no puede negarse a sí mismo. (2. Tm. 2:8-13).

El pastor debe recalcar el mensaje a los que han creído en Dios, a fin de que ellos se empeñen en hacer buenas obras. Debe recordarles que en otro tiempo ellos también eran necios y desobedientes; que estaban descarriados y eran esclavos de todo género de pasiones y placeres; que vivían en la malicia y en la envidia; que eran detestables y que se odiaban unos a otros. Pero cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, Él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo, el cual fue derramado abundantemente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador. Así lo hizo para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos que abrigan la esperanza de recibir la vida eterna. (Tit. 3:3-8).

El evangelio también enseña que Cristo Jesús vendrá victorioso en su reino, para juzgar a los vivos y a los muertos (2. Tm. 4:1). La buena profesión (el admirable testimonio), nos enseña que la aparición de nuestro Señor Jesucristo nos mostrará al único Dios (el solo soberano, Rey de reyes y Señor de señores), que aunque en su estado invisible no puede ser visto por los hombres, sí será visto por nosotros en el cuerpo humano glorificado que ahora posee (1. Tm. 3:16, 6:13-16. Cf. Jn. 14:6-9; Flp. 3:20-21). El Señor es poderoso para librarnos de todo mal y para preservarnos para su reino celestial (2. Tm. 4:18), mientras aguardamos la bendita esperanza, es decir, la gloriosa venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. (Tit. 2:11-15). El Señor, el juez justo, otorgará la corona de la vida a todos los que con amor hayan esperado su venida. (2. Tm. 4:8).


5. El Pastor y su Trato con las Personas

En el trato con la gente, el pastor debe ser imparcial, sin dejarse llevar por prejuicios o favoritismos. (1. Tm. 5:21).

El pastor debe animar, enseñar y mandar a los creyentes a que vivan la vida cristiana (1. Tm. 1:3, 4:11, 4:13, 5:7, 6:2. Cf. Heb. 13:7), lo que implica la permanencia de cada creyente en la sana doctrina (1. Tm. 1:3-11), en la oración (1. Tm. 2:1-4), en la paz (1. Tm. 2:8), en la sujeción (1. Tm. 2:11-15. Cf. Ef. 5:21; Heb. 13:17), en vestirse bajo los principios del pudor, el decoro y la modestia (1. Tm. 2:9-10), en ser buenos ciudadanos respetando las leyes y las autoridades de su nación en todo lo que está de acuerdo con el evangelio (Tit. 3:1-2. Cf. Hch. 5:27-29; Ro. 13:1-6), en que siempre estén dispuestos a hacer lo bueno, que no difamen a nadie, que no busquen peleas, que sean respetuosos y amables demostrando plena humildad en su trato con la gente (Tit. 3:1-2), a que hagan buenas obras y estén dispuestos a ayudar a otros en caso de necesidad a fin de que sus vidas sean útiles (Tit. 3:8, 3:14), etc.

El pastor debe enseñarles a los ancianos que sean moderados, respetables, sensatos, e íntegros en la fe, en el amor y en la constancia (Tit. 2:1). A las ancianas debe enseñarles que sean reverentes en su conducta, no calumniadoras ni borrachas y que enseñen lo bueno. Que las ancianas aconsejen a las mujeres jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos, a que sean sensatas y puras, cuidadosas del hogar, bondadosas y sumisas a sus esposos para que no se hable mal de la palabra de Dios. (Tit. 2:3-5). A los ancianos que gobiernan bien, les debe dar doble honor, y más si se esfuerzan en predicar y enseñar (1. Tm. 5:17-18). En caso de tener que reprender a un anciano o a una anciana, el pastor no debe reprenderlos duramente, sino que los debe tratar como si fueran su propio padre (1. Tm. 5:1) o su propia madre (1. Tm 5:2). El pastor nunca debe admitir ninguna acusación contra un anciano, a menos que esté respaldada por dos o tres testigos (1. Tm. 5:19).

A los hombres y mujeres jóvenes, debe tratarlos como si fueran sus propios hermanos y hermanas (1. Tm. 5:1-2). El pastor debe exhortar a los jóvenes a que sean prudentes, y él mismo debe darles ejemplo de cómo hacer el bien. (Tit. 2:6-7).

A los que tienen riquezas materiales, debe mandarles que no sean altivos y que no pongan la esperanza en estas riquezas porque son inciertas, sino en el Dios vivo que nos da todas las cosas para que las disfrutemos. Debe enseñarles que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras siendo dadivosos y generosos, y así tendrán riquezas que les proporcionarán una base firme para el futuro. Debe animarlos a que echen mano de la vida eterna (1. Tm. 6:17-19).

A los empleados, debe enseñarles que sus jefes merecen todo el respeto, a fin de que no se hable mal de Dios ni de la doctrina, y que si sus jefes son creyentes deben servirles mejor (1. Tm. 6:1-2). El pastor debe enseñarles a los empleados que se sujeten a sus jefes, que procuren agradarles y que no sean respondones. Además, que no deben robar a sus jefes, procurando ser siempre personas dignas de toda confianza, para que en todo hagan honor a la enseñanza de Dios nuestro Salvador. (Tit. 2:9-10). [3]

El pastor siempre debe procurar la ayuda de los necesitados y desamparados (1. Tm. 5:3-16).

A los que persisten en pecar, debe reprenderlos delante de todos, para que los demás también teman. (1. Tm. 5:20; Tit. 1:13). A los que causan divisiones, debe amonestarlos dos veces, y si persisten debe evitarlos. Tales individuos se condenan a sí mismos por ser unos perversos pecadores (Tit. 3:10-11).

También debe promover para el pastorado a otros creyentes dignos de confianza y que estén capacitados para enseñar a otros, de acuerdo con las instrucciones bíblicas (2. Tm. 2:2; Tit. 1:5).


6. El Pastor y su Trato con la Falsa Doctrina

El pastor debe recordar que ya había sido anunciado que para los postreros tiempos la maldad aumentará, e incluso que algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios (1. Tm. 4:1, 6:21; 2. Tm. 3:1). En lugar de desmayar por eso, el pastor debe esforzarse por seguir cuidando de la iglesia y anunciando el mensaje de salvación, pues donde abunda el pecado, también sobreabunda la gracia (2. Tm. 4:1-2. Cf. Ro. 5:20). Aunque la gente se oponga a la sana doctrina, y esté llena de egoísmo y avaricia, y sean jactanciosos, arrogantes, mal hablados, mentirosos, blasfemos, irreverentes, profanos, perjuros, transgresores, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, insensibles, implacables, calumniadores, libertinos, fornicarios, homosexuales, despiadados, homicidas, traicioneros, impetuosos, vanidosos, enemigos de todo lo bueno y más amigos del placer que de Dios (1. Tm. 1:9.10, 1:20; 2. Tm. 3:2-4), aún por sobre eso, el pastor debe ser sobrio en todo, soportar las aflicciones, hacer obra de evangelista y cumplir con su ministerio (2. Tm. 4:5).

El pastor debe tener presente que alguna gente aparenta ser piadosa, pero su conducta los desmiente (2. Tm. 3:5; Tit. 1:16). Debido a sus malos deseos, no toleran la sana doctrina, y prefieren rodearse de maestros que les digan las cosas que ellos quieren oír. Han dejado de escuchar la verdad y se han vuelto a los mitos. (2. Tm. 4:3-4).

Los falsos maestros religiosos tienen ciertas características:

1). Propagan falsas doctrinas catalogándolas como verdad, y por no afirmarse en la Biblia sus conversaciones solo se basan en palabrerías mundanas y vacías (1. Tm. 1:4, 6:20; Tit. 1:10). Engañan a las personas diciéndoles que si practican ciertas cosas se van a perfeccionar espiritualmente, cuando en realidad dichas prácticas no tienen ningún valor contra las pasiones bajas. Entre estas están el celibato (es decir la prohibición de casarse), y la abstención de ciertos alimentos (1. Tm. 4:3-5. Cf. Col. 2:20-23). Estos malvados embaucadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados (2. Tm. 3:13).
2). Son personas de mente depravada, reprobadas en la fe. Son hipócritas y tienen cauterizadas sus conciencias. Del mismo modo que Janes y Jambres (los hechiceros del Faraón) se opusieron a Moisés (Ex. 7:11, 7:22, 8:7, 8:18-19, 9:11), también ellos se oponen a la verdad. Pero no llegarán muy lejos, porque todo el mundo se dará cuenta de su insensatez, como pasó con aquellos dos. (1. Tm. 4:1-2, 6:3-5; 2. Tm. 3:8-9).
3). Se aprovechan de las pasiones bajas de las personas que los siguen. Por ejemplo, algunos andan de casa en casa cautivando a mujeres débiles cargadas de pecados, que se dejan llevar de toda clase de pasiones, las cuales dicen que desean conocer la verdad, pero nunca logran conocerla. (2. Tm. 3:6-7).
4). Tienen amor por el dinero, lo que es la raíz de todos los males, y piensan que la religión es un medio para enriquecerse. Por su codicia se extravían de la fe y son traspasados por muchos dolores (1. Tm. 6:5, 6:10; Tito 1:11). 

En su trato con los maestros de la falsa doctrina, el pastor debe evitar las discusiones necias y sin sentido, sabiendo que éstas terminan en pleitos. Debe tener presente que un siervo del Señor no debe andar peleando; y que más bien debe ser amable con todos, capaz de enseñar y no propenso a irritarse. Así, con mansedumbre debe corregir a los adversarios, con la esperanza de que Dios les conceda el arrepentimiento para conocer la verdad, de modo que se despierten y escapen de la trampa en que el diablo los tiene cautivos y sumisos a su voluntad. (1. Tm. 1:6-7; 2. Tm. 2:14-16, 2:23-26; Tit. 3:9).

“Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (Tit. 2:1).


Referencias

[1] Lo que literalmente dicen 1. Tm. 3:3 y Tit. 1:7, es que el pastor no debe ser dado al vino.
[2] En 1. Tm. 5:23, el apóstol Pablo le da a Timoteo un consejo medicinal, al decirle: “No sigas bebiendo sólo agua; toma también un poco de vino a causa de tu mal de estómago y tus frecuentes enfermedades” (NVI). Esto, porque su débil estómago necesitaba de algún calor para digerir bien los alimentos.   
[3] Para efectos de este artículo me referí a los empleados y a los jefes, pero en 1. Tm. 6:1-2 y Tit. 2:9-10 se habla literalmente de los esclavos y sus amos, como correspondía al modelo laboral de aquella época y lugar.